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Cultura · Pueblos

Crónica literaria | "Me encantan tus curvas"

Viaje manchego al centro de nuestra tierra

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29 de Marzo de 2014

El miércoles me arropé por un manto de estrellas que sólo había visto en Riópar en las noches de agosto. La carretera corría negra hacia delante, ni un giro, ni un requiebro, metáfora simplista del carácter de nuestra gente. No paraba de mirar hacia arriba, corriendo el riesgo de perder la línea maestra que me conducía de Albacete a Ruidera. Cuando uno es torpe mira al cielo y no la carretera; pero conociendo mi torpeza, traté de hacerlo a sorbitos breves.

Las lagunas eran un espejo mate, de brillo hipnótico. Las lagunas siempre hacen que recuerde a García Pavón.

Llegué a mi destino y contemplé el efecto de la primavera sobre las Lagunas. No supe diferenciar entre el cielo y la superficie, me acerqué a la orilla, acaricié levemente el agua y rompí el encanto; como el adolescente que abre demasiado la boca en el primer beso.

Al día siguiente tomé el sentido contrario por aquellos azares de la vida, desde Ruidera a Ossa y Munera, para alcanzar Barrax. Busqué el cobijo y amparo del cielo protector pero apenas encontré agua, un mini diluvio primaveral recio, repentino, violento, salpicado de rachas oscuras de viento por los costados, ¿metáfora de la personalidad de mi gente?

curvas

Quizás soy yo, que en mi torpeza caigo y recaigo en la tentación de ver metáforas donde sólo hay rectas y curvas. A mí me encantan las curvas de Albacete, las curvas serranas, las curvas repentinas tras una larga recta, o las que se sujetan en un precipicio.

Por tercera noche consecutiva, cuando los azares de la vida quieren transformarse en rutina, volví el camino andado, en busca del buen pan de Munera. Llené el maletero de paraguas, chubasqueros y botas impermeables pero sólo encontré luces rojas a dos metros del suelo, objetos luminiscentes que señalan regadío. Luces rojas nacidas del suelo que me despistaban una vez más del camino. Barrax al fondo, una línea amarilla, luego la nada.

Chaparros, leves montes, curvas insinuantes de ojos turbios que te incitan a pasar la noche con ellas. Una recta más para devolverte a la realidad y las estrellas acercándose cada poco, un metro ahora, dos metros después.

En mi torpeza imagino que el cielo me cubre, cuando en realidad cae a cada kilómetro que recorro.

Más luces que brillan al fondo, es el paisaje manchego. Es la hora en que los hornos comienzan a abrir sus pétalos para perfumar el pueblo.

Giro en el cruce. En el cartel se lee Tomelloso, me acuerdo de nuevo de García Pavón.

Sin saber cómo el cuerpo me pide queso, ¿habrá algún lugar por aquí cerca donde comprar buen queso? ¿El Bonillo, Lezuza, Sotuélamos? En mi torpeza olvido donde me encuentro, concentrado como estaba en curvas, giros, brillos y aromas de pan recién cocido.

 

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