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Opinión

El momento en que decide irse o esperar que lo echen

La primavera del político

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8 de abril de 2015
Llega un momento en la vida en que un alcalde de pueblo decide irse, porque ya no puede más o porque lo echan.

Llega un momento en el tiempo de un partido que gobierna, en que no puedes dar más ayudas ni subvenciones so pena de denuncia. En un país donde las denuncias y los jueces solo hacen temblar a la clase media baja (que somos la mayoría).

Llega un momento en el tiempo de un concejal en el que revisa su curriculum, lo actualiza, cambia su fotografía y decide si incluir en el apartado de Experiencia Laboral algo sutil y llamativo como:

Responsable directo de Departamento.

Manager.

Gerente senior de Sección.

Por no poner concejal de pueblo, que siempre queda muy de pueblo cuando uno tiene aspiraciones después de cuatro años (o más) siendo responsable directo de algo, aunque solo fuera de palabra y título.

Llega un momento en la primavera de un hombre en que un concejal se carcajea en la intimidad de esos que aspiran a, o se van con viento fresco de mayo. Se ríe porque no sabría actualizar su curriculum, papel que de hecho no tiene pues él, como buen político de raza, se limita a utilizar otro tipo de herramientas. No tiene linkeding ni tuiter ni facebook, pero manda más de lo que necesita.

Todos le conocen y le solicitan.

Manda de facto.

O de verdad.

O mucho.

No sabría diferenciar un documento de Word de uno de Excel pero volverá a salir sin despeinarse, sin alharacas, sin sonrisas en los medios de comunicación ni besar a viejas en los barrios.

Apenas necesita promesas y amenazas.

Llega un momento en la primavera de un concejal de pueblo en que se sincera consigo mismo: “Me vuelvo a mi trabajico, ¿quién me mandaría a mí? Yo solo quería trabajar por mi pueblo y me he convertido en un asiento de visibilidad reducida en el Teatro Circo de Albacete”.

No se molesta en actualizar su curriculum porque es funcionario de medio pelo, autónomo de final de mes raspao o prejubilado que añora los paseos con sus nietos. Mucho más agradecidos que la política.

Llega un momento en la vida de un Alcalde o un concejal en que decide si irse o si lo echan.

Piensa una y diez excusas, las revisa. Las recita a su marido. Sale a la calle con su discurso memorizado, dispuesta a mantener la dignidad.

Nadie, salvo un triste medio digital por el que nadie paga, le pregunta.

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