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Opinión

Cuchicheos, trapicheos y cotilleos

España huele a corrala

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12 de febrero de 2016

España, gigantesca corrala.

A los hipsters modernos que asientan sus reales en la Latina, Lavapiés o Embajadores, la corrala les puede parecer algo muy innovador. Sería -te dirán- una suerte de espacio multifuncional, que estimula la interacción vecinal para el fomento de la creatividad de la comunidad, en su búsqueda de una experiencia ciudadana plena. Sí, ya sé que suena pedante.

Pero en lo que interesa a estas letras, me interesa más el significado clásico de la corrala, el típicamente ‘galdosiano’. Con sus cuchicheos matinales, sus trapicheos y cotilleos. Ventanas abiertas, para que el puchero suelte el vapor hacia el patio, con olor a cocido, a vino rancio y a café de media mañana. Las sábanas huelen a caldo de gallina.

Reconozco que esta España galdosiana de las corralas es más divertida que la aburrida España bipolar a la que nos acostumbramos en la democracia multipartidista fallida, aquella en la que vivimos peligrosamente durante 35 años. Las portadas de los periódicos, las tertulias pseudo-políticas y los informativos pseudo-informativos, se entregan con desmesura a las miserias cotidianas, en un país que acaricia el sueño ácrata de no tener gobierno a estas alturas. Estimulan el cainismo tabernario sobre asuntos menores, que disfrazamos de desafíos existenciales, haciendo de cualquier episodio miserable un debate ontológico sobre la libertad de expresión, la aconfesionalidad del estado o la memoria histórica.

Llenamos las redes sociales de citas apócrifas de Voltaire, de extractos de Noveccento sacados de Youtube, de pancartas imaginativas que resumen problemas complejos en frases lapidarias, como si el país entero se hubiera aprendido el manual del brillante tertuliano patentado por Pablo Iglesias, que garantiza latigazos dialécticos concentrados en las collejas de Inda, Marhuenda y Pablo Casado para deleite del público. Un público que pasó del Sálvame a Al Rojo Vivo con la misma facilidad con la que en los 80 pasábamos de Barrio Sésamo a La Bola de Cristal. Como si fuera el lógico siguiente paso en la evolución darwinista del televidente.

Pero no se engañen. Que haya un juez de pocas luces y oscuro pasado, empeñado en ver apología del terrorismo en el lamentable caso de los titiriteros, no implica que esté bajo amenaza la libertad de expresión. Que cuatro voceros salidos de la guardia de honor de las exequias del Caudillo, vociferen con aliento carajillero y santería nacional católica a cuenta de la cabalgata de los Reyes Magos en Madrid, no implica que las entrañas de Cuelgamuros estén pariendo una legión fantasmal de capellanes castrenses decididos a llevar al paredón a Manuela Carmena.

En la corrala todo se agranda, se magnifica y se exagera. Los artistas de la consigna, incendian las redes con proclamas panfletarias, fáciles de prender entre una legión de vecinos avinagrados por las rencillas de antaño. A ambos lados de la escalera, a derecha e izquierda, los incendiarios profesionales prenden la yesca sobre el material inflamable de la opinión pública, convertida en paja seca de combustión instantánea.

Y así pasan las horas en la corrala. Las sábanas amarillas, los calzoncillos y las bragas, las camisas y los pantalones que adornan los tendederos de la corrala, son las banderas de la banalidad discursiva en que se ahogan bríos y energías que podrían empeñarse en mejores causas.

Pero, cuánta pereza debatir sobre planes hidrológicos y trasvases; sobre la España rural que pese a todo, existe silenciada y ajena al ruido que generan las corralas capitalinas; sobre financiación local y autonómica; sobre la nefasta productividad de nuestra economía; sobre la miserable carencia de medios de una justicia exasperante; sobre el penoso nivel formativo en idiomas de nuestros alumnos; sobre la incapacidad patológica que tenemos para vender fuera lo bueno que hacemos allí; sobre la dependencia energética de un país atrapado en el jeroglífico indescifrable de las facturas de la luz más caras de Europa; sobre la inutilidad manifiesta de una estructura administrativa que cobija Ruses, Fabras y Baltares.

De todo eso no, mejor no hablar, que aburre a la audiencia y no se puede simplificar.

La corrala no tolera espíritus elevados. Que inventen ellos, los extranjeros, que diría con sorna Unamuno. En la corrala, lo mejor es quemar las energías y los recursos, que a lo que se ve nos sobran, en debates de chichinabo convenientemente disfrazados de épica revolucionaria o sofismos de ciencia política.

Polarizar, encabronar, irritar, gritar. Ya no hay matices, grises ni tibieza. Hay que elegir bando. Porque un vecino cabroncete que rehúsa alimentar con su voz el ruido de los verduleros de la corrala, no es un tipo de fiar. Es un infiltrado de la vieja política, un explotador de sí mismo, un nihilista individualista que se aferra a la idea de que el conflicto le es ajeno.

Y no se trata de equidistancia. Sino de economizar el esfuerzo. Y entender a quién le interesa fomentar este clima de frentismos desaforados, de Españas enfrentadas, de egos retorcidos al calor de la revolución liberadora y de la contrarrevolución que le sucederá. En el eterno péndulo del reloj podrido de la Historia de un país, España, hecho a vivir en el alambre.

Hasta que un buen día, como el personaje de Terele Pávez en La Comunidad, alguien derribará tu puerta, la de tu piso, te cogerá de la solapa, y te zarandeará en vilo hasta la barandilla del balcón, hasta que admitas que tú, maldito bastardo, no eres mejor que nosotros. Que tú también formas parte de la corrala de vecinos, no quieras negarlo. Y que tienes que tomar partido y sumarte a la batalla. Elige bando, el que sea. Pero te quiero ver en el griterío mañanero, cuando vayas a recoger la colada; cuando el olor a cocido, a vino rancio y a café de media mañana inunde el patio de las consignas tabernarias.

Porque así ha olido siempre España, y así tiene que seguir oliendo.

A España de corrala.

 

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