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¡Bienvenidos a la casta!

Podemos y la hora de los fontaneros

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18 de marzo de 2016

Todavía me lo pido así, veintipico años después de haber visto la escena en Pulp Fiction, como un homenaje que mi inconsciente le rinde al personaje de Harvey Keitel en la película. El señor Lobo -Keitel– es un fontanero de primera. Un solucionador de problemas. Un tipo elegante que acude a la llamada de su socio en una tranquila área residencial de Los Ángeles, para hacerse cargo de un feo asunto. Dos matones de primera que conducen un coche con un cadáver al que le falta media cabeza, repartida en pequeños trozos por el asiento trasero, a plena luz del día en una zona bien de la ciudad californiana.

Un fontanero soluciona problemas. En nuestro devenir urbanita, asociado a empleos en el sector servicios, el común de los mortales ha ido perdiendo las habilidades con las que un día la naturaleza nos dotó para solventar las pequeñas crisis nuestro día a día. Sabemos reconfigurar un router, crackear un móvil y ponerle cardamomo al gin-tonic, pero no tenemos ni puta idea de cómo empalmar un cable con una regleta o desmontar la cisterna del váter.

En política, el fontanero también es un solucionador de problemas. Un profesional de la detección de fugas, de la reparación o sustitución de los conductos donde se producen tales pérdidas y de limpiar la escena de la reparación para que el resto de la organización siga funcionando. Sabe su papel y se ciñe al mismo para servir a múltiples señores, aún dentro del mismo partido, que requieren de sus servicios por su habilidad para meter las manos en las cañerías y sus pocos escrúpulos a la hora de obrar en medio del hedor que a otros repele.

Y aunque he de reconocer que nunca me sentí subyugado por la frescura irreverente del proyecto de cambio llamado Podemos, reprimiré las ganas que me asaltan de gritar a los cuatro vientos un sonoro, “¿veis como tenía razón”?!!, cuando compruebo con pesimismo ontológico que también aquí, en el territorio de la ensoñación, la búsqueda de la belleza, la gente, la sonrisa frente a su odio y demás proclamas, también hay ajustes de cuentas, fugas, empalmes, traiciones, delaciones y sustituciones forzadas, como en las tripas de cualquier otra organización política que les haya precedido o con las que compiten en la actualidad.

También aquí, en Podemos, como en los viejos partidos de la casta, hacen carrera los fontaneros. Lo cual no me produce sorpresa, por cierto. Más allá de diferencias programáticas o posiciones tácticas, lo que une a las organizaciones políticas es precisamente eso. Que son organizaciones. Y que si quieren progresar en la jungla del electorado para conquistar y ejercer poder político, tienen que aprender las reglas de la jungla. Y tarde o temprano, en ese entorno, necesitas fontaneros de confianza que despejen el camino de elementos hostiles y consagren su existencia al culto al líder, el macho alfa del que depende su propia subsistencia en la organización.

Con el tiempo, descubres que pueden cambiar los líderes, estatales, regionales o provinciales. Que si el fontanero es hábil, sabrá permanecer en todo trance, ajeno a las pugnas de salón que entretienen al común de los mortales mientras él, aferrado a su posición, a los secretos que supo guardar, a los cadáveres que ayudó a enterrar, a las escenas del crimen que ayudó a limpiar, como el señor Lobo en Pulp Fiction, empalmará generaciones de liderazgos emergentes y renovaciones cosméticas para permanecer en la foto de la que solo se sale si uno se mueve. O si se le empuja de la escena.

Podemos anda en esa fase. La de las filtraciones de informes sobre el liderazgo del macho alfa. La de los contubernios entre afines y amigos del alma. La de las lealtades que se venden por un plato de lentejas, mientras los manuales de emergencia aconsejan, como ya hemos visto, que lo procedente es culpar del ruido al adversario político, sus manejos y sus medios de comunicación más serviles.

Siendo así, bienvenidos a la jungla. Ya sois una manada con todas las de la ley. Y ahora que vais descubriendo los peligros de un deficiente sistema de fontanería en la maquinaria interna, más os vale encontrar a un señor Lobo que se encargue de limpiar de cadáveres el asiento trasero del coche. Un Harvey Keitel que se tome el café como le salga de las narices, pero que no tenga reparos en hundir sus brazos hasta el hombro en las fosas sépticas sin que aparezca una suela mueca de asco en su impávido gesto.

Yo, me lo tomo -el café- como el señor Lobo, con mucha leche y mucho azúcar, no porque admire a los fontaneros. Sino porque puestos a elegir, prefiero a un asesino con porte distinguido, elegancia y clase, que a un matón con cara de psicópata y que ejerce su autoridad hablando a gritos, aunque la política garantiza largas y exitosas carreras a ambos especímenes.

La mía es una elección estética. Lo otro, la presencia del fontanero, no es negociable. Se sea partido de la casta o “partido de la gente”.

 

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