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Opinión

Se trata de ganar para cambiar las cosas

Y la izquierda recita a Pericles

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27 de septiembre de 2016

Dicen que cuando el sabio apunta con el dedo al cielo, el tonto mira al dedo.

Yo debo ser muy tonto, porque de toda la retórica vertida a estas horas a cuenta del notición sobre la ruptura del pacto de gobierno en Castilla-La Mancha, me quedo con la alusión a la oración fúnebre de Pericles con la que el líder de Podemos adornó su intervención.

No seré yo quien juzgue la oportunidad de traer a colación al hercúleo líder de la democracia ateniense, de quién Tucídides dio cuenta a la posteridad con este relato épico sobre los valientes soldados de Atenas que entregan su vida por la República en la batalla con la pérfida Esparta. Cada cual es muy libre de adornar sus intervenciones con todos los oropeles que a tal empeño entregue su inteligencia y, bien mirado, no andamos faltos de referentes clásicos en este memento mori de las Humanidades que nos ha tocado vivir.

Pero tengo para mí, y no es más que una opinión, que el exceso de épica esconde falta de sustancia. Es como aquel Celebrities con el que Joaquín Reyes inmortalizaba a Ferrán Adriá en los tiempos de La Hora Chanante. Un enorme plato cuadrado, en cuyo centro se acumula una pequeña montañita de ingredientes trabajosa pero artísticamente apilados. Sobra vajilla a mansalva para tan poca chicha, pero como el plato tiene por nombre una frase de doce palabras, nos creemos saciados con la declamación que del mismo nos hace el chef.

Al final, como te quedas con hambre pero te da vergüenza pedirte un bocadillo de morcilla, acabas votando a la derecha en la soledad de la urna, donde nadie te ve. Al menos, esos no te van a declamar a Pericles a la hora del pincho de tortilla de patatas. Te robarán si pueden, pero por el camino te ahorras las monsergas sobre nuevos tiempos, épicas finiseculares y tontunas varias.

Algo así me ronda la cabeza a cuenta de la estrafalaria puesta en escena de ayer.

De sobra sé que hay claves nacionales que se entremezclan con la agenda regional. Y que  bajo tanto barullo, se atisba la polvareda de las luchas intestinas que recorren a la izquierda toda mientras Rajoy se rasca la barriga y queda con los colegas para otra ruta dominical a trote cochinero por las sendas gallegas que le allana Feijoo.

Pero no me negarán que no hay necedad a espuertas en esta pose épica en la que la izquierda patria ahoga su brío con el mismo empeño con el que pierde elecciones.

Una izquierda dogmática, estética, enamorada del perfil quijotesco de la derrota y que declama a Pericles entre oraciones fúnebres que llenan de hermosa tristeza un relato según el cual hay que estar dolido con el mundo, con la casta, con el Ibex, con la vida, con España, con los paletos de pueblo, con el Madrid, con Messi, con la Semana Santa, con la gente guapa, con la gente medio guapa, con el ejército, con la guardia civil, con los fachas, con los socialistas, con los burgueses, con los de centro y con todo el que se atreva a pedirse un plato de langostinos o a sonreír en este valle de lágrimas.

Una izquierda fúnebre, que canta sus derrotas con la banda sonora de cantautores tristones, henchidos de pena y de soledad. Que de tanto correr delante de los grises se ha convertido en el relato de abuelos cebolletas que ahogan sus lamentos en medio de la pedantería de una invocación a Feuerbach.

Perdemos de puta madre, con una estética del copón.

Con la oración fúnebre de Pericles de por medio.

Pero me pasa que estoy harto de perder. Y hasta que la izquierda toda no entienda que se trata de ganar para cambiar las cosas, me importa poco que se declame con voz grave el relato épico de las guerras del Peloponeso o el discurso de Lincoln en Gettysburg, si este va a ser el epílogo de una nueva hermosa derrota épica. Una más.

A la política, a la nueva y a la vieja, le sobra teatralidad y la falta sustancia. Y a la izquierda, a la nueva y a la vieja, le sobra limbo y le falta pisar el barro.

Pericles lleva muerto y enterrado 2400  y pico años. Y aunque su huella sea eterna en la historia de la humanidad, sus huesos no van a tener que enfrentarse al dilema del inicio del curso escolar. Ni al pago de las nóminas de los funcionarios o a la tramitación de las ayudas agrícolas. Sus huesos, que descansarán perdidos en algún lugar al pie de la Acrópolis, no tendrán que ajustar las transferencias corrientes a las maltrechas haciendas locales de Castilla-La Mancha ni gestionar en tiempos de penuria fiscal el coste de una sanidad medio decente.

Uno que es devoto de los clásicos y arrastra una pasión enfermiza por la política y la historia, que se ha leído a Herodoto con la pasión con la que el conde Almasy lo hacía en El Paciente Inglés, ha aprendido a separar el grano de la paja a fuerza de hostias y exilio. Y ha terminado por entender que ni Maquiavelo, por sabio que fuera, llegó jamás a gran canciller de una poderosa república, ni Clausewitz, por visionario que fuera, mandó un ejército en batalla alguna.

Pese a ello, a uno en la política y al otro en la guerra, los vanaglorian artistas de la cita y el refrán, con pose grave y adusta en mitad de este gigantesco teatro de la derrota en la que la izquierda más pedante sigue protagonizando tardes de épica, bella y gloriosa inmolación estética.

Con la oración fúnebre de Pericles de por medio…

 

 

 

 

 

 

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