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La magia del teatro

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23 de octubre de 2016

Como si el teatro no pudiera, para bien, desprenderse, de ninguna forma, del supuesto de su remoto y oscuro origen en los Misterios Eleusinos, en los rituales que celebraban la fecundidad y la renovación de la vida. Esta vez, por ejemplo, con la excusa del homenaje a Juan Manuel Chapiella (1933, 2014), que como se sabe tanto ha significado para el teatro en Albacete. La celebración consiste en las reposiciones de la primera y de la última obra en las que Chapiella intervino en la compañía Cómicos, que éste fundó en 1989 junto con Ángel Monteagudo.

El programa de las representaciones comenzó los días 14, 15 y 16 de octubre con la reposición del espectáculo Risas, osos y besos que se estrenó el 26 de junio de 1989 en el Auditorio Municipal de Albacete. Continuará en noviembre con la reposición de El rey Lear de W. Shakespeare los días 17, 18, 19, y 20; y en diciembre, en una misma semana, se concentrarán en cuatro días ambas funciones: el 15 y el 16, Risas, osos y besos; y el 17 y el 18 El rey Lear. Todos los espectáculos tendrán lugar en el EA! Teatro.

En la representación de El oso (1888) y La petición de mano (1888-89), que son las obras de Antón Chejov (1860,1904) que componen el primer espectáculo, repiten como interpretes, respecto del día del estreno,  hace 27 años, Llanos Salas, Ángel Monteagudo, José María López Ariza y Pilar González.sssss

La revisitación de Chejov, la reposición de sus obras de teatro y la relectura de sus relatos, siempre es un acontecimiento. A los textos decorosamente elaborados se adhieren de forma mágica una gran variedad de los más importantes materiales que conforman y constituyen el contenido de nuestra experiencia. Desde hace mucho me cautivó el fragmento de una carta de 1889 en el que Chejov resumía su proceso de educación y elevación espiritual, y que tomo de un estudio de José María Valverde:

¿Podríais escribir el relato sobre un joven, hijo de un siervo, algún tiempo dependiente de comercio, niño de coro, escolar, estudiante universitario, acostumbrado a adular a los importantes, a besar la mano a los popes, a aceptar sin preguntas las ideas de los demás y a dar las gracias por cada bocado de pan que come; un joven que ha sido azotado con frecuencia, que va sin chanclos a dar lecciones, que se mete en peleas callejeras, tortura animales, gusta de ir a comer a casa de sus parientes ricos, y se comporta de modo hipócrita respecto a Dios y al hombre, sin la más leve escusa, sino sólo porque es consciente de su propia indignidad; podríais escribir un relato de cómo ese joven va sacando de sí mismo al esclavo, gota a gota, y cómo al despertar una mañana, siente que la sangre que corre por sus venas es sangre de verdad y no sangre de esclavo?

¿Cómo eludir la subyugación que produce este fragmento en los contactos de con la obra de Chejov? En La petición de mano se muestran, con intenso humor, los entresijos, las entretelas, de la resignada y absurda subordinación de los seres humanos a un orden arbitrario, que solo se justifica por la condición azarosa de que simplemente existe. En cambio, en El oso de alguna manera, milagrosamente, ese orden de grandes pretensiones aparentes, pero  constituido y vertebrado sobre los pequeños intereses y la mezquindad, es trascendido por el arrebato de una irrefrenable pasión.

A la eficacia del significado contribuyen las interpretaciones; la de Ricardo Fernández en la verosimilitud de su papel de criado; la de Emiliano Avilés con su contundente creación de una figura paterna exponente y valedora de un determinado orden patriarcal; como la delicada finura de la aproximación sentimental entre Pilar González y José María López Ariza en las escenas del sofá; o la desbordante corporalidad de  Llanos Salas, con su seductora enunciación, y Ángel Monteagudo en la escena en que Smirnov enseña a Popova a utilizar un revolver con el fin de que ésta pueda batirse en duelo desigual con aquél.

En esta función, aunque en La petición hay un humor más directo, y siempre conviene acabar un espectáculo de la forma más divertida posible, tal vez yo preferiría El oso en la segunda parte por dos razones. En primer lugar, porque quedaría más contextualizado el orden al que se refiere la acción; y en segundo, porque el contenido es más esperanzador en relación al alejamiento respecto de ese orden arbitrario y opresivo. Y recomendaría a los pasados y a los futuros espectadores que se respondieran a esta cuestión, simplemente como recurso de acceso al contenido de la experiencia al que las obras parecen apuntar.

Y por último, la forma de concretarse ese ritual de renovación de la vida. Primero en el contenido de las obras de Chejov. En segundo lugar, en la experiencia vital de los actores que 27 años después renuevan y experimentan las ilusiones y las alegrías de aquellas pasadas vivencias. Y, en tercer lugar, en la trayectoria del teatro en la ciudad de Albacete; una actividad plural, rica en variedad, heterogénea en recursos, pero que en la parte que está en mayor precariedad, que es más vocacional y que, por supuesto, es más necesaria, quiere mostrar que está más viva que nunca y que no ha renunciado a aquella idealidad sobre la que comenzó, hace tanto, a estar constituida. En fin, el duende de la re-presentación: el retorno evocador que estructura el tiempo, nuestra vida.

Mario Plaza, 17-10-2016

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