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Cultura

Crítica | Teatro en Albacete

Un éxito desbordante

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11 de noviembre de 2016

El día 7 de noviembre se estrenó en la sala de teatro de La Casa de la Cultura José Saramago la obra La Crazy Class de la compañía, presentada en 1995, L’Om-Imprebís. Con la dilatada experiencia teatral, exitosa con carácter internacional contrastado. El título de esta reseña seguro que no les parece desproporcionado o inadecuado. Las personas interesadas en el teatro de Albacete ya lo sabían, y según reconoció el presentador y organizador Ricardo Beléndez, actual director de Cultural Albacete y anterior director de la Universidad Popular del Ayuntamiento de Albacete, por primera vez, desde hacía semanas, no quedaba una localidad por vender en la taquilla.

La obra nos presenta la constitución y el desarrollo de una clase de iniciación al teatro en un centro cultural de un barrio cualquiera. Asisten doce alumnos, y todos estamos de una forma o de otra allí; cada personaje es presentado con apenas unos pocos detalles de carácter, y de complementos de vestuario, con precisión y profundidad acertadísimas, y que al estar encarnados en sólo dos actores dan un juego escénico increíble, en el que el espectador, milagrosamente, enseguida aprende a identificar a cada uno por esos mínimos detalles: una gorra, un pañuelo, unas gafas, la montera, un portafolios de “emprendedor”, una maleta de viaje y una figura de un premio de interpretación, etc.

Esperanzadora esa actividad de las Aulas de Teatro, por ejemplo, la de la Universidad Popular del Ayuntamiento de Albacete. Treinta años de actividad ejemplar. Sin ellas, la actividad teatral, como en Albacete, sería inconcebible, salvo el asociado a las ferias, de ocasión y de un humor a veces excesivamente convencional. Hay cientos de personas que han pasado por las aulas de teatro. En las obras que se pueden traer a los diversos escenarios, Teatro Circo, Teatro de la Paz, Auditorio, José Saramago, Ea Teatro, hay habitualmente entradas notables, en los que la mitad del aforo aproximadamente está ocupado por estas personas, los alumnos de las aulas de teatro, y sus familias. Y hay una docena de grupos que intentan, como pueden, vivir de la actividad teatral, mostrando obras arriesgadas, haciendo monólogos y pequeñas representaciones en los centros escolares, o haciendo un pequeño divertimento teatral en actos o presentaciones municipales. Los alumnos con experiencia participan en talleres de forma más independiente y montan obras de repertorio: Valle Inclán, García Lorca, etc., que al año siguiente ofrecen en el escenario de la Casa de la Cultura José Saramago o en el Teatro de la Paz, en horario escolar, a los estudiantes de Secundaria de los diferentes centro educativos. Un asombroso milagro.

La verosimilitud de las situaciones, la comprensión y la ternura del personaje de Santiago Sánchez, profesor de las clases de la escuela de teatro, son esas cualidades que se necesitan y que de alguna forma reconocemos de los empeños en esa actividad por las referencias de las que, de una forma o de otra, casi todos disponemos.

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Cómo no resaltar la finura, la delicadeza y el acierto en cada uno de los 12 personajes, sin contar los de ficción: Nora, Hamlet, Horacio, El espectro, etc., que representan Carles Castillo y Carles Montoliu. Así como los dos personajes de Elena Lombao. Tan verosímiles y con ese punto de contradicción que tenemos los que vivimos en este orden social tan insufrible. Así, Maribel, la limpiadora con esa familiaridad de estar siempre próxima, tiene un juicio justo y acertado de lo que se juega en el artificio teatral. Un personaje importante porque, aunque está fuera de la acción, la hace posible y es digno de interés. Uno casi se queda esperando que acabe haciendo alguna revelación sorprendente en el curso de los acontecimientos. Y también el personaje de la técnica de sonido e iluminación: tan convencionalmente arrolladora, y luego tan imaginadamente tierna con el “maestro”, el hijo del Niño de la Montera, que queda así transformado, y adquiere esa inquietud estética que después contribuye a darle empaque a una representación de Hamlet ejemplar en su concisión.

Por poner alguna carencia se me ocurrió que la clase y las representaciones lograban vivificar, hacer fecundas e interesantes, las vidas convencionales de los personajes, pero que todo se quedaba en la esfera de sus interioridades individuales; siendo, como entiendo, que el teatro se refiere a eso, pero también a una dimensión colectiva en la que la conversación y el juego corporal son imprescindibles para que podamos dotar de significado a lo que nos vaya ocurriendo.

Con esto de haber visto los ensayos generales de alguna obra me he dado cuenta de que, para los que no estamos entrenados, la segunda visión nos revela los aspectos de más interés de las obras. Como las ciudades y las grandes composiciones, no basta con el sobrevuelo de las visitas de turné, después del conocimiento prolongado es cuando muestran sus secretos más reveladores. Y no estaría mal que los posibles espectadores se hicieran cargo de esta forma ver y de vivir el teatro en estos tiempos de carencias.

Desde que vi la obra por primera vez he ido reelaborando mis recuerdos. Y he tenido que retirar el reproche de quedarse la propuesta en el mejoramiento de la forma de sentirse en los personajes aislados. No supe ver la contribución explícita al tema de la liberación de las mujeres a través de la Nora de Casa de muñecas, ni la cita del monólogo de Shylock a propósito de las sexualidades que en el argot analítico se denominan “transgresoras” de una ideológica normalidad. Pero sobre todo la presencia general de las referencias a Hamlet.

Hay un libro de J. Derrida de 1993, Spectres de Marx, traducido en Trotta en 1995 que muestra, con referencias y notas de lectura de Marx, la influencia que la imaginería de Shakespeare tuvo en la visión madura de Marx. Es una tradición que ha acabado mostrando a Hamlet como el sujeto preindividuado moderno que luego, casi 90 años después, aparecería con la Revolución de 1688; y que posteriormente Hobbes, Locke, y Adam Smith teorizaron en la tradición político-económica liberal, que en su libro de 1962 C. B. Macpherson caracterizó y definió como el individualismo posesivo.

¿Cómo no ver en las características deformidades de los doce personajes los daños colaterales de víctimas del individualismo posesivo atomizador de la política neoliberal? La terapia teatral funciona: en el abandono de la mentalidad militarista, en la integración de las sexualidades alternativas, del declive profesional, de la independencia de las mujeres, etc. Sólo el hueso del “emprendedor” se resiste heroica, y humorísticamente.

Pero Hamlet es más. Dice el Espectro en la escena I, V: [..] Si no me estuviera prohibido podría hacerte un relato cuya palabra más ligera te desgarraría el alma, te helaría la sangre, y te haría saltar los ojos de sus órbitas. Y más adelante, al final de la escena, Hamlet: Los tiempos están desquiciados: ¡ah! condenada desgracia, ¡haber nacido yo para enderezarlos! Y fracasar en el intento, porque parece que no se puede salir del orden de la violencia de un poder a través del proceso de conquistarlo por la fuerza. Así que el asalto a los cielos, que ahora dicen algunos, al Palacio de Invierno que antes se decía, puede ser insuficiente cuando no contraindicado. La propuesta de lo que fueron el Mayo68, el 15M, etc., y que luego actualizaron las Nuit Debout de la Plaza de la República, según cuentan cada noche sus participantes, es que en el juego de las corporalidades, que fundan y administran las éticas de lo común, es donde se desafía y se trasciende, revolución de la revolución, el individualismo posesivo liberal que nos está destruyendo. Y claro, donde al principio yo no veía una dimensión colectiva, ahora aparece ésta en sus perfiles de más contundente actualidad. Los personajes que integran la crazy class no pueden imaginar que al curso siguiente puedan pasar sin su actividad. En ella quedan conjurados y conforman su propuesta de dimensión común, y contagiosa.

Otra vez pudimos comprobar el milagro del teatro. Cuando en 1968 estudiaba bachillerato en Cuenca una profesora de Inglés, de la que siento muchísimo no recordar su nombre, que había sido script en las producciones de Hollywood que entonces se solían rodar en España como país tercermundista, nos dio un curso de cine en el que, aparte de los conceptos generales de cine (plano, contraplano, tipos de encuadre, etc.), también nos sugirió un criterio al uso para comprobar la calidad de las películas, y que, como los demás conceptos, lo aplicábamos a las películas de estreno de la temporada: que la dimensión artística de una película se comprobada en las expresiones de alegría y optimismo que se reflejaban en el lenguaje corporal de los espectadores. Ayer ese criterio funcionó admirablemente. Pregunten a los asistentes y no se pierdan las próximas representaciones: verán que maravillas.

 

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