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Socialismo y libertad

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4 de diciembre de 2016

La otra noche escuché a Cristina Almeida decir que para ella resulta inconcebible hablar de Socialismo donde no hay libertad y pronunciarse en contra de cualquier dictadura, como la del recién fallecido Fidel: un hombre que decía en el 59 que su revolución no era comunista y que en muy pocos meses convocaría elecciones, aunque ya en ese año encarceló a Huber Matos y se dice que pudo provocar  la desaparición en “accidente” de Camilo Cienfuegos, otro héroe de la Revolución, y dos años después se declaró marxista-leninista y convirtió la isla en una dictadura familiar que arrojó por la borda la esperanza de muchos que soñaban acabar con Batista y el resto de tiranos mantenidos por el imperialismo americano, como Somoza o Franco. Para justificarla se habla del bloqueo, del ataque de Bahía Cochinos y de la necesaria defensa nacional; pero nadie obligó  a Fidel a encarcelar a gente tan revolucionaria como él y su hermano, ni a fusilar a otros (no digamos ya nada del general Ochoa, que fue el chivo expiatorio de los negocios sucios de la nomenklatura), ni a mantener hasta hoy una “revolución” mitificada, corrupta y anacrónica, cuyos logros sociales –sanidad, educación- no encubren las carencias de libertad auténtica ni el abismo existente entre el pueblo común y los privilegiados del sistema. En realidad, se trata de un mal ya denunciado por Orwell en su libro Rebelión en la Granja, donde Napoleón, el cerdo que lidera la revuelta animal contra el granjero Jones, elimina cualquier oposición empleando a los perros contra los disidentes, deroga uno por uno los siete mandamientos de su revolución y acaba gobernando de forma más tiránica que el primitivo dueño.

Me sorprende lo poco que se ha hablado este año de la Revolución Bolchevique de 1917, que a mi modo de ver nos ofrece lecciones que conviene estudiar en este centenario. Millones de personas dirigidas por líderes de ideologías varias, desde los bolcheviques a los simples demócratas, dieron fin al zarismo que mataba de hambre a los trabajadores de la industria y el campo y los utilizaba de carne de cañón en la Gran Guerra, movida por los turbios intereses de los capitalistas y los imperialistas.  La justa indignación de aquellas masas, manejadas por unas minorías populistas que agitaban la calle para apoderarse de las instituciones, condicionando a estas con el “doble poder” nacido de los soviets, y el deseo general de regeneración, igualdad y libertad, darían pronto paso a una dictadura, en enero de 1918, cuando los bolcheviques que eran minoritarios, disuelven por la fuerza la primera y única reunión de la nueva Asamblea Constituyente, matando a 20 “mártires” –en expresión de Gorki- de una democracia que llevaba cien años esperando y duró 12 horas. Anarquistas y social-revolucionarios, tanto o más que zaristas y burgueses, serían las primeras víctimas del poder ejercido por Lenin en nombre de aquel pueblo representado solo por él y por los suyos y con la eterna excusa –que además no era falsa- de la guerra civil que amenazaba todo lo conseguido.

Aquello dio lugar a un intenso debate dentro de los partidos socialistas de Europa, encandilados con el triunfo de las masas obreras y por la creación de una Internacional marxista Leninista –la Tercera- a principios de 1919. En el año siguiente el PSOE enviará a sus diputados Fernando de los Ríos y Daniel Anguiano a estudiar en Moscú la realidad “in situ” e informar si sería conveniente adherirse, y cuando se entrevistan con Lenin y preguntan cuánto queda para restablecer la libertad, este suelta el famoso “¿libertad, para qué?”, que anticipa y condensa la actuación del PCUS en el poder durante ochenta años. De regreso a Madrid, Fernando de los Ríos dio su opinión contraria y consiguió que el PSOE rehusara formar parte del Komintern, aunque un pequeño grupo, incluido Anguiano, abandonó el partido desde 1923, dando origen al PCOE, que se unirá al PCE para entrar en aquella nueva Internacional.

De los Ríos sería de los pocos dirigentes del PSOE que rechazaron en ese mismo año la colaboración con Primo de Rivera, dictador militar, y no aceptó los cargos que este le ofrecía: sin libertad -decía, contrariando las tesis de Largo Caballero- no valen las ventajas que el partido pudiera conseguir. Luego participó en la conspiración contra la Monarquía, que le llevó a la cárcel, y al llegar la República fue ministro y ponente de la Constitución del 31, defendiendo la socialización por vía democrática de la gran propiedad, la planificación, y la neutralidad y aconfesionalidad del Estado, ideas que mantuvo en tiempos muy difíciles como el mejor ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes que hayamos conocido. Otro que estuvo en contra de integrarse en el Komintern y de apoyar a Primo de Rivera en España fue Indalecio Prieto, mucho más proletario en sus orígenes y algo más radical, pero no más proclive a dejarse llevar por cantos de sirena populistas o revolucionarios (aunque participó en la huelga de 1917 y organizó el octubre de 1934, entonará por esto un famoso mea culpa, entendiendo que no benefició al pueblo ni a la legalidad republicana, que tanto había costado implantar en España, y que aumentó el peligro de una guerra civil). Por la misma razón rechazó los excesos del año 36 –que no se justifican por los del enemigo- y cuando vio que Franco iba a ganar la Guerra quiso bombardear Italia y Alemania para hacerla mundial y así poder contar con el apoyo no solo de la URSS, sino de las potencias democráticas, las únicas capaces de vencer al fascismo y evitar la deriva al totalitarismo, que por aquellos había purgado en Rusia a numerosos héroes de la revolución –más tarde mataría a unos 20 millones de ciudadanos rusos- y comenzaba a hacerlo igualmente en España (recordemos a Nin). De los Ríos y Prieto, como tantos demócratas, murieron exilados y ni por un momento quisieron regresar a la España de Franco; pero Prieto –aunque tarde- todavía llegó a tener el apoyo de Largo Caballero –“el Lenin Español”- a su tesis de que era preferible crear las condiciones para un plebiscito en España, negociando con todos los partidos, antes que pretender restaurar la República enviando a la muerte a millares de maquis sin salida.

Con estos precedentes se comprende mejor, a mi entender, lo que ocurre al PSOE en nuestros días. Hay quien piensa que “no hay enemigo a la izquierda” y que conviene unirse a cualquiera que esté contra Rajoy, incluidos leninistas, anarquistas, anticapitalistas de diversos pelajes, seguidores de Chávez y los Castro, y hasta nacionalistas (que ahora, al parecer, son también izquierdistas), que aprovechan la justa indignación de un pueblo harto de corruptelas y recortes para llevar el agua al molino de siempre; pero otros entienden que no todo lo que se llama izquierda lo es en realidad, porque entraña el peligro de una dictadura que no suelte el poder una vez conseguido, además de dar alas a los Trump y Le Pen. Claro que siempre habrá quien piense que los Gorki, las Almeidas, los Prietos, De los Ríos y tantos como ellos, que advirtieron de riesgos semejantes, eran conservadores o traidores “al pueblo” o a “la gente”, como se dice ahora. O que aquellos peligros son cosa del pasado. Eso es lo que pensaban unos nicaragüenses que eligieron a Ortega –y de paso encumbraron a Rosario Murillo su vicepresidenta y compañera- elevándolo al rango de pequeño Calígula dinástico sucesor de la saga de Somoza; o los venezolanos que eligieron a Chávez, cansados de gobiernos ineptos y corruptos, y ahora se ven sumidos en las mayores cotas de miseria y corrupción posibles, sin poder protestar y gobernados por alguien que recibe consignas del dictador difunto mediante un pajarito.

Aurelio Pretel Marín

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