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Albacete tiene una Feria "cojonuda"

De cuchillos, Bruselas y la política de las pequeñas cosas

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26 de enero de 2017

Napoleón Bonaparte, que era un genio de la táctica militar, decía que debía mucho de su genialidad al hecho de que contaba con “generales con suerte”. De hecho los buscaba con empeño, escudriñando en las pequeñas operaciones de cada campaña; buscando quién había tenido de su parte a la diosa Fortuna en una pequeña carga de caballería o en la acción aislada de un batallón al maniobrar con éxito contra todo pronóstico.

La suerte en la guerra, o en la política -que es la continuación de la misma por otros medios- pesa tanto que hasta los más venerados genios han rendido pleitesía a las hadas cuando el cielo conspiraba de su parte.

Algo así le ocurrió este miércoles a la delegación castellano-manchega que se fue a Bruselas en busca de los parabienes comunitarios a la industria cuchillera y a los artesanos de esta vasta región. Quiso el destino que, de todos los días que tiene el año, el trío fantástico del sueño indepe catalán –Puigdemont, Junqueras y Romeva- eligiera el mismo que había reservado en la agenda la delegación encabezada por Emiliano García-Page para hablar de algo que da sustento a miles de familias en nuestra tierra.

Algo seguramente menos etéreo que el sueño de construir un Estado independiente, que es una coartada perfecta para montar viajes a ninguna parte -como el de la delegación catalana en el surrealista viaje a Bruselas- y gastar el dinero que no le sobra a la Hacienda en montar jornadas en las que se citan expertos canadienses, mientras un puñado de sabios se ponen interesantes recitando a Wodrow Wilson, el derecho de autodeterminación de los pueblos o las experiencias del Quebec, Escocia o Kosovo.

Algo que no da para llenar portadas de periódicos nacionales, acostumbrados a citar Albacete cuando hay retenciones, cuando la nieve corta el puerto de las Crucetillas o, más recientemente -bendita sea la hora- cuando se enteran de que Albacete tiene una Feria cojonuda.

Algo, el sector cuchillero, que es más que un emblema de una ciudad que se tuvo que inventar su historia, un relato en mitad de la llanura en la que el paisaje monótono invita a pensar que no pasa nada relevante.

Algo tan humildemente concreto como la búsqueda de una Indicación Geográfica Protegida (IGP) que ayude a un sector amenazado por la globalización salvaje de la copia y la imitación.

La fortuna a la que aludía al principio, quiso que en Bruselas coincidieran dos expediciones por los fríos salones de la gris capital europea. Una con agenda concreta, objetivos alcanzables y temas sustanciales. La otra, con el delirio por bandera y la búsqueda de un imposible, jurídico y político.

A unos los recibieron autoridades europeas de primer nivel. A los otros dos docenas de eurodiputados -mayormente catalanes- y cuatro frikis de regiones “histéricas” que sueñan con la receta xenófoba de la disolución del ideal europeo en medio de la reedición de las condenadas fronteras.

Algo previsible, por cierto. Porque por aquellos lares y, en general, en todas las capitales europeas por encima del Paralelo 30, no acusan de perder el tiempo en reuniones vacías de contenido y deliberadamente inconcretas a fuerza de grandilocuencia desmesurada. Ojalá cundiera el ejemplo en España, por cierto, tan amantes como somos de los debates falsamente trascendentales sobre el sexo de los ángeles.

La suerte de la delegación castellano-manchega es que, hoy y mañana, medios nacionales hablarán del sector cuchillero de Albacete, aunque sea por contraste con el viaje a ninguna parte de la delegación catalana. Y aunque utilicen los avatares del sector cuchillero como una excusa para hilar una intervención de enjundia sobre la trama principal, bienvenida sea la referencia, por muy tangencial que sea.

Porque habrá merecido la pena.

La virtud en política, reside en encontrar el equilibrio entre el ‘ideal’ y el ‘pragmatismo’. La utopía como norte lejano, casi inalcanzable, pero que invita a trazar un camino lleno de pequeñas conquistas cotidianas, esencialmente modestas y que nunca llenarán libros de historia con relatos épicos ni delirios de grandeza.

Ni puñetera falta que hace, por cierto. La Historia, la que se escribe con mayúsculas, no se hace sobre el alarido quejoso de quien busca réditos políticos ilustrando sus andanzas con poses artificialmente marciales, falsamente trascendentales, casi siempre a la sombra que proyectan banderas ondeando en imaginarios enfermizos.

La Historia es la suma de millones de historias cotidianas, como las de quienes se pueden beneficiar de acciones concretas, de gobiernos concretos, que persiguen el bienestar de los pueblos sin querer alcanzar las estrellas dando voces en mitad de un páramo.

Este miércoles de enero, probablemente por suerte, en España y también en Bruselas, se habló de los cuchillos de Albacete y de los artesanos de Castilla-La Mancha. Que es como hablar de la esencia de nuestra tierra, desde postulados concretos y objetivos alcanzables. A los otros, atrapados por su ensoñación, las paredes de la sala de conferencias bruselense en que bramaron sus delirios les devolvieron el eco desnudo de su viaje a ninguna parte.

 

 

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