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27 Junio 2017
 
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Cuentecillo de perretes, amos agradecidos y personas que siempe ven la paja en el ojo ajeno

El mal perrito y sus peores amos

"Suspiraban y se alegraban, porque algunas personas se alegran del mal ajeno aunque de cara al exterior escenifiquen el dolor falso de las lágrimas fingidas".

Imagen de www.expertoanimal.com
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10 de Abril de 2017

Había una familia que tenía un perrito, un perrito de raza, de pelaje dorado y ladrido musical. Era obediente, saltarín e incluso majestuoso. Un perrito de compañía para una familia que conocía el valor de quien comparte contigo el tiempo sin pedir nada a cambio; capaz de seguirte a cualquier parte porque sí.

Pero vivía esta familia en una típica comunidad de vecinos donde los canes estaban bien vistos siempre y cuando no se vieran demasiado. Ni vistos ni oídos. Los ladridos pueden ser molestos, aunque prevengan de los ladrones y defiendan el territorio; los olores pueden ser agudos aunque aquella familia cuidase como a un bebé al perrito. Porque hay comunidades de vecinos que son así: peleonas e ingratas.
Era molesto porque hay veces en la vida en que a uno le molestan los perritos. Será por la edad, será por que no es la época de amor a los perros, quizás sea el tiempo de los caballos, o de los toros de lidia, ¡quién sabe!

Los vecinos se quejaban una y otra vez pero nunca de manera directa, siempre hablaban en corrillos, siempre hablaban a espaldas de la familia, tratando de perjudicar pero a escondidas; tratanto de molestar pero sin la valentía del que da la cara. La familia sabía, lo sabía muy bien, que hablaban mal de su perrito, el perrito que era parte de ellos mismos, que les cuidaba, paseaba con ellos y compartía media vida si no la vida entera.

Ellos lo llamaban fidelidad. Fidelidad, una palabra complicada de sentir, fácil de decir, muy fácil de decir.

Un día, sin saber cómo, cuando se disponían a iniciar sus rituales con una caminata madrugadora, el perrito no pudo dar un paso, había decidido descansar para siempre. Había envejecido como sin querer y se fue sin hacer ruido.

No aparecieron lágrimas en los ojos de los dueños aunque su corazón se llenó de una tristeza sublime que no podían atajar ni abrazados.

Al salir al rellano una señora, luego otra y después un chico joven con aspecto de señor mayor, les dijeron que sentían mucho la pérdida, lloraron, lloraron mucho aunque los dueños del perrito sintieron crecer una rabia potente en su interior porque sabían que en el fondo, aquellas personas suspiraban aliviadas.

Suspiraban y se alegraban, porque algunas personas se alegran del mal ajeno aunque de cara al exterior escenifiquen el dolor falso de las lágrimas fingidas.

El matrimonio del perrito olvidó por unos instantes el dolor, a su fiel compañero y se sumió en el rencor.

Durmieron mal, tuvieron pesadillas, dieron vueltas y se chocaron bajo las sábanas en una de esas noches terribles.

Al amanecer sorbieron el café sin apenas palabras, salieron a dar un pequeño paseo sin compañero y dejaron que sus sentimientos fluyeran: unas lágrimas, un nuevo abrazo y la sensación de que hay personas que necesitan hacer el mal, vivir en el rencor y el odio para así superar cierta sensación de inferioridad de quien desconoce la felicidad por sí misma.

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