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23 noviembre 2017
 
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El instituto número 4 de Albacete escondía en sus aulas profesores brillantes

La pérdida de memoria del buen profe

En una época en que las prisas y la premura nos adelanta por la izquierda y por la derecha, tomarse una pausa para conversar con un viejo amigo, es un bálsamo recomendable.

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2 de noviembre de 2017

De bien nacidos es ser agradecido en una época como esta en que hay tanto desagradecido.

De bien nacido es reconocer quién te ha echado una mano en el camino cuando el camino se oscurecía hasta la pesadilla.

Sin querer, me he cruzado con Gerardo en la calle Blasco de Garay. Gerardo, un antiguo profesor de religión del Instituto número 4. Una de esas personas que, sin saberlo, en unos cuantos meses de tu adolescencia, te marcan de manera considerable y hasta que no llegas a la crisis de los 40 no saber por qué ni por qué no.

Profes terribles tuve unos cuantos, esta es la única línea que les dedico porque los oídos deben pitarles cada vez que los exalumnos se reúnen a hablar de la crisis de los 40.

Pero Gerardo fue uno de esos que siempre suponen un bálsamo para los que pasamos por el cuatro, para los buenos, los malos y los regulares. Él siempre se acuerda de nosotros, “sus chicos”, me ha dicho esta mañana; a pesar de que un ictus ha podido con su estupenda memoria, con su capacidad de hablar y elegir palabras adecuadas para educar y enseñar. A pesar de eso, se ha acordado y me ha preguntado por la familia, por los antiguos alumnos, por la vida en general.

Sí, un sacerdote, qué le vamos a hacer.

Él fue, junto a Aurora, el que provocó y potenció en un adolescente listillo las ganas de estudiar filosofía; unas ganas que desaparecerían poco más tarde, aunque no la necesidad de analizar, ver, estudiar, preguntar y cuestionar. Las ganas de analizar el día a día, la vida y lo que sucede alrededor me lo contagiaron estos dos profes: Aurora y Gerardo.

Porque ser mal profe es sencillo: solo hay que aprobar unas oposiciones y dejarte llevar. Hacer bueno el topicazo del mal funcionario. Pero ser buen profe es algo que permanece en el tiempo, un saludo y una sonrisa por la calle después de 30 años, ¡después de 30 años! Con amable interrogatorio incluido: familia, estudios, trabajo, la vida en general. ¿Acaso importa algo más en este ajetreado mundo?

De bien nacido es ser agradecido y, tantas veces como sea necesario diré en voz alta que aquel profesor de religión nos enseñó más que decenas de profes de otras materias con mayor contenido pedagógico.

Estas líneas las escribo porque la edad y la enfermedad está conduciendo a mi ex profesor a ese lugar del olvido, de la edad muy madura donde todo se diluye entre palabras limitadas y pensamientos en la sombra.

Un viejo profe que sigue diciendo “mis niños, mis chicos”.

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