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Cultura ·

Poesía de otoño, por Miguel Ventayol

La hora de los sueños

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18 de noviembre de 2017

Un día cualquiera de invierno

nuestro profesor de Lengua y Literatura nos

convocó a un concurso de cuentos.

Aquel tipo tenía los dedos amarillos

de nicotina.

Hablaba como un locutor de radio y convencía

a los niños de que las palabras servían para algo.

En aquel concurso participaron todos los alumnos:

quienes sabían juntar letras y quienes

sufrían cada vez que una letra les hacía dudar.

Inquietud, la inquietud de quien tiene algo que decir

pero no sabe bien cómo.

Con más o menos capacidad, muchos de ellos participaron.

La chica que ganó el concurso de cuentos

en el colegio

ahora

dirige un banco con la inquietud de quien navega a un barco a la deriva.

La poesía y los cuentos no pagaban las facturas.

Ni las suyas ni las del resto de alumnos.

Algunos niños querían ser astronautas y

algunas niñas querían ser princesas.

La chica que miraba al firmamento

con ojos infinitos

y la sonrisa imperecedera

soñaba un mundo mejor

a través de los viajes organizados

que planeaba para otras personas.

El colegio era un lugar contradictorio

de libertad y reglas.

Libertad que te permitía amar, reglas que no te permitían

amar a cualquiera.

La chica que soñaba con los ojos y las miradas de otras chicas

luchó por ser ella misma y lo consiguió.

Los demás ni imaginaban que amor y pasión

podían provocar dolor. El dolor de sentir algo y no poder mostrarlo.

Ella encontró amor y pasión

hasta que la despidieron de un mal trabajo

por casarse con la mujer de su vida.

Porque la libertad es intocable siempre que no

roce las normas.

El chico de mirada pícara programaba ordenadores

y juegos

divertidos

con doce años.

Era capaz de imaginar universos enteros a través de números y letras

programadas.

Pero las ideas fantásticas no dan de comer,

atender el mostrador sí.

El poeta quería ser futbolista con doce años

porque no sabía hacer nada más que lanzar patadas al viento.

Con catorce vio que mezclar palabras era más sencillo

que regatear.

Aprendió que las palabras

eran canciones;

volaban de su lapicero comido y desgastado.

Volaban de su imaginación y no llegaban a

convertirse en hormiguitas en su libreta.

Gracias a muchos cafés y muchas conversaciones

aprendió la diferencia entre

tener el plato de comida lleno

y tener la cabeza llena de hormiguitas.

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