lunes,
18 noviembre 2019
 
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Una historia sanitaria como tantas que suceden en los pueblos de Albacete

Problemas de comunicación en el siglo XXI

Historia real que le contaron a M. Ventayol y que ha transformado lo suficiente en este 28 de diciembre que no es festivo pero podría sacarte más de tres sonrisas, si sabes cómo

helicoptero sescam_flickr_imagen de Luis
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28 de diciembre de 2018

Érase que se era un pueblo pequeño, suficientemente grande como para disponer de carretera y conexión a Internet, así como un estupendo bar de carretera pero no tan grande como para disfrutar de los parabienes de un gran hospital donde acometer las tremendas hazañas que en ellas los sanitarios llevan a cabo a diario. En este lugar no demasiado perdido porque si hay carretera, cualquiera sería capaz de llegar, sucedió un accidente un fin de semana cualquiera.

Dicho esto y captada tu atención, debes saber que las cosas que aquí cuento, a pesar de la fecha concreta del calendario, son ciertas. Porque lo mejor de la vida es contar las cosas ciertas sin necesidad de inventar mentiras con las que sobrevivir, salvo que te dediques a la fantástica labor del inventor de historias, en cuyo caso habré caído en una contradicción mayúscula, y con esto termino el párrafo.

En un pequeño pueblo hubo un accidente, como los que suceden a diario me atrevería a decir, pero no tan grave como para aparecer en los medios de comunicación repetido hasta el aburrimiento. Hubo un accidente y las ambulancias no existen en determinados pueblos o tienen tan complicado el acceso, según los casos, que las autoridades sanitarias y sociales recurren a uno de los mejores inventos del siglo XX: el helicóptero. Si mi ánimo me lo permitiera diría y escribiría licotero pero posiblemente alguien destacaría la errata de mi mensaje y no quiero que haya dudas al respecto de mi limpieza moral, estética, política, cultural y ortográfica, ¡líbreme dios de los aburridos con el diccionario de  Google en sus manos! (¿Habéis buscado hazaña? ¿Pensáis que os colaba una mención al presidente de la Segunda República para salir en Twitter?)

La intervención de un helicóptero siempre suscita comentarios, parabienes, muchos oh y muchos ah, miradas al infinito y límpido firmamento y, por supuesto comentarios al respecto de la gravedad del accidente. Porque un accidente es grave en función de quien lo sufre, también es cierto.

Y de quien lo cuente. “Porque vosotros no tenéis ni idea del dolor de espalda que tengo yo mientras escribo. No hay dolor igual”, pensaba yo mientras escribía un texto sobre comunicación y accidentes, colocando un inciso a modo de mistela entre las compras navideñas. (Algo que Amazon, por cierto, nunca podrá ofrecerte).

El helicóptero, bien avisado, en tiempo y forma, salió surcando los vientos claros, despejados y helados de la Mancha a la consecución de sus tareas: salvamento, rescate. ¡Qué grandes palabras y qué mal usadas fuera de su contexto! Los responsables del helicóptero, por no llamarlos ocupantes, se pusieron en contacto con el pedáneo del lugar, del pueblo pequeño como para tener biblioteca pero de dimensiones suficientes como para tener estanco.

Y el pedáneo, en pleno cumplimiento de sus funciones, se desplazó al lugar de los hechos, ¡allá que voy!, ¡allá que fue! Mientras mantenía una conversación con los sanitarios. Preguntaron en un momento concreto, cuando se aproximaban al lugar del accidente, si por casualidad en un pueblo tan nombrado como aquel no habría campo de fútbol.

—¿Campo de fútbol? Campo de fútbol no hay —respondió lacónico, con cierto aire pensativo; mirando el cielo quién sabe si buscando al aparato llegar o imaginando tiempos mejores.

—¡Vaya! —dijo el sanitario sin saber bien qué sugerir después.

A la vista del callejón sin salida, elemento que un helicóptero nunca podría evitar, y del extraño giro de argumentos que estaba tomando la conversación y en la que podría derivar, el accidentado levantó un dedo a modo de solicitud de comunicación no verbal clásica.

—Un sitio grande y despejado. Por lo que te preguntan desde el helicóptero es por un sitio grande donde puedan aterrizar sin complicaciones. Ya sabes, un sitio como la era, un sitio grande como la era donde poder aterrizar sin pegas.

—¡Ah! ¡La era! La era es un buen sitio —dijo por teléfono el señor, quien de repente vio luz en el hilo comunicativo—. En la era es donde teníamos antiguamente el campo de fútbol.

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