12 de junio de 2013 - 12 de junio de 2024

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años de periodismo
Un registrador, ¿la España y la anti-España?

Rajoy y Cataluña: los expedientes se solucionan solos, o no…

  • A uno lo pueden expulsar de muchas cosas.
  • También de los conceptos, colonizados con intereses más o menos bastardos por otros.

Jesús Perea

Y es evidente que el franquismo hizo bien su trabajo en este campo. Definiéndose como la auténtica España, que catalogaba por oposición a la anti-España, integrada por todos aquellos que no vivían la plenitud de tal concepto como Dios les daba a entender, léase piel de gallina con el himno, éxtasis por la bandera rojigualda, artisteo patrio, romerías y devoción cristiana.

De ahí nace el eterno dilema de una izquierda española que abrazó la idea del patriotismo universal casi por necesidad. Ante la forzada aversión a un concepto lleno de connotaciones, como el de España, del que nos sacaron a empellones, a base de codazos, todos aquellos maestros en juras de bandera y rancio patriotismo.

La derecha post-franquista se sintió cómoda con el legado. Y explotó con pasión desmedida cualquier contradicción, cualquier resquicio de duda y ambiguedad para revivir el fantasma de la anti-España, como la aparente tibieza de los gobiernos socialistas con el nacionalismo catalán o vasco, sin importarles el legado de tierra quemada que ahora alimenta la espoleta del desafío nacionalista en Cataluña.

Crearon fundaciones para la defensa de la nación española; recogieron firmas en plazas y calles contra el estatuto de Cataluña; alentaron boicots a los productos catalanes; y reafirmaron la españolía a través de la exaltación de ídolos del deporte que lucen bandera, aunque luego fijen su residencia en Suiza, la decimoctava comunidad autónoma que tantos quisieran tener dentro de nuestras fronteras y patria onírica de tanto apellido ilustre envuelto en turbulentas corrupciones.

Dicen que Franco, militar, veía España como un gigantesco cuartel. Y a sí mismo como el mando que debía gobernarlo como se gobierna un cuartel, con sus guardias y garitas, con su rancho y sus ordenanzas, que para eso era centinela de occidente.

Rajoy tampoco olvida su oficio. Como registrador que es, ve España desde su oficina del Registro de la Propiedad, Palacio de la Moncloa s/n. Y haciendo de tal, solventa los expedientes del día a día, sin complicaciones ni horizontes lejanos.

Si alguno se le enquista, como el de Cataluña, lo deja acumulando polvo en un escritorio secundario, como haría un registrador enfrentado a una inmatriculación compleja por cuitas entre herederos. El tiempo, como solucionador por desistimiento, fallecimiento de los litigadores o hartazgo de los que más pegas ponían en el expediente, hará el trabajo.

Fue así, a base de inmovilismo, como la España de la Restauración borbónica estalló en mil pedazos para empalmar dos dictaduras con Guerra Civil de por medio que copan más de medio siglo de la historia de España del siglo XX.

Fue así, en la plácida convicción de que las estructuras, las constituciones y las instituciones se hacen sólidas y maduras a base de silencio y tragaderas, como de una día para otro la carcoma acumulada terminó por reventar los cimientos que creíamos firmes.

Y será así, en medio de la intangible fe en la Constitución inamovible -excepto a requerimiento de la troika- como el problema catalán seguirá envenenando la convivencia en un país que lleva demasiado tiempo entregado a tertulianos, agitadores fugaces de masas a base de soflamas y agravios que anidan un sentimiento de aversión mutua a uno y otro lado del Ebro.

Guardo con cariño el aprendizaje del catalán al que la emigración de mis padres me abocó desde que tenía siete años.

Se fueron a buscar las américas en Mallorca, a comienzos de los ochenta, desde el Albacete de la perenne crisis. Y será por eso, o porque tengo un hermano viviendo en Barcelona -jodido por tener que pagar un dineral por usar autopistas construidas hace medio siglo para moverse, mientras el estado planifica AVEs siempre desde el Madrid radial a cualquier punto cardinal- por lo que apelo desde la distancia a hacer algo en la Cataluña posible, la de la gente.

No la de Mas, Pujol y Esquerra.

Sí en la de la gente corriente, la que un día abrazó al PSC y ahora se entrega a opciones nacionalistas mientras en el resto de España se sigue jaleando a ministros de educación que quieren españolizar Cataluña, se alientan boicots contra el cava o se recogen firmas contra estatutos.

Esa gente no abraza el independentismo por pasión y retórica nacionalista de la Cataluña mística de Wilfredo el Vellós o la contenida emoción de la sardana y los castellets. Lo hace por aversión a la carcoma y la mugre que se esconden detrás del escritorio en el que los expedientes acumulan polvo, mientras el registrador se fuma un puro y contempla el atardecer desde la Moncloa.

Absorto en la nube de humo del cigarro que envuelve la estancia, mientras una fugaz morriña lo conduce a un plácido paseo orensano con Baltar, presidente de Diputación, y otros amigos del alma en esa España tan de Cánovas que secretamente añora.

Que los expedientes se solucionan solos.

 

 

 

 

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