12 de junio de 2013 - 12 de junio de 2024

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años de periodismo
Una historia de espías

¿Y si un nuevo Assange creara un ‘Wikileaks albaceteño’?

Miguel Ventayol

Voy a contar una de esas historias que son mitad verdad y mitad literatura, para que nadie se eche las manos al catecismo periodístico.

He leído en Internet durante mucho tiempo que alguien, no se sabe quién, nos espía, ¡cáspita! Siempre que leo este tipo de artículos me pregunto, ¿qué importará si yo me meto en páginas porno, en ABC, en descarga de libros marxistas o en el Marca? Debe ser un trabajo espeluznante el del joven estadounidense, oculto en un sótano lúgubre de un estado como Minesota, revisando mis correos, mis mensajes o si prefiero la poesía inglesa a la española. Me lo imagino buscando a Manuel Vicent en Wikipedia y mandando una consulta a sus superiores por si hay que investigar el asunto.

Siguiendo con la farsa, en fechas recientes, porque esto no es una noticia, una empresa de telefonía móvil afirmaba que algunos gobiernos (serán los malos, ya sabéis: Bolivia, China, Venezuela y los que eliminaron a España en el Mundial de Brasil: Holanda, Chile y Australia) espían las llamadas telefónicas. Pero en España no, si no hay orden judicial previa.

Aunque no me digais que no, ¿a que os gustaría que os espiaran, solo por el hecho de saber que alguien se preocupa por tus cosicas?

Estaba yo sentado en mi despacho con vistas a la calle Tinte, cuando entró un personaje de Albacete que tenía relación con mi organización y conmigo mismo. Su cara mostraba incertidumbre, sospecha, sueño y preocupación. Le dije que se sentara y si le sucedía algo. Me dijo que esperara unos minutos mientras mis jefes venían al despacho para no tener que explicar la misma circunstancia varias veces.

La cosa era sencilla: tenía el teléfono pinchado.

No porque hubiera hecho algo malo, sino porque estaba inmerso en una investigación muy seria y alguien se lo había filtrado. Pero no solo eso; como en el último mes había llamado mucho a mis dos jefes por motivos que no vienen al caso; y como había tomado cafés, copas y puros con ellos, pues sus teléfonos era probable que también estuvieran pinchados.

Se hizo el silencio, aunque yo no paraba de reír por dentro.

¿Quién querría pinchar los teléfonos de cuatro personajes de pueblo, por más personajes que fueran? Se pincha el teléfono de quien tiene poder, dinero, influencias. No de los mindundis como nosotros. Me estaba imaginando la sorpresa de los investigadores (de Madrid, por supuesto) al comprobar que mis jefes, secretario general y secretario de Organización, apenas llamaban a su casa, a sus delegados, a algunos miembros del PSOE, a otros miembros del PP; al gerente de ADECA. Lo normal, vamos, en un pueblo grande, y en una organización democráticamente normalizada.

Cuando se me pasó la risa interna vi que me miraban fijamente, centrado como estaba en mis idioteces no había prestado atención a sus palabras: «A partir de ahora todas las llamadas de los dos secretarios saldrían de mi móvil». Puse cara de interrogación, mi boca era el punto, mi coleta la curva. A partir de aquel momento las llamadas saldrían desde mi teléfono, «adiós batería, adiós ahorros», pensé.

Una llamada al concejal del Partido Popular, teléfono de Miguel.
Una llamada al presidente de la patronal albaceteña, teléfono de Miguel.
Un día a las once de la noche, me llamó una consejera de Empleo desde Toledo: «¿Oye, qué pasa con la reunión de mañana? ¿Comemos en el Callejón, no?». Y yo, con mi cara somnolienta, tenía que repetir una y otra vez la misma historia: mis jefes no estaban a mi lado en todo momento; y tampoco podía decirle a esos altos cargos que, quizás, quizás, quizás, sus teléfonos también estaban pinchados, sus llamadas filtradas, sus conversaciones grabadas.

Porque este tipo de cosas solo son verdad si un juez dice que son verdad, creo. El resto del tiempo son «presuntas».

Así que la «presunta» consejera de Empleo me llamó a mi presunto móvil para decirme que el vino no fuera presunto, porque con ciertas cosas hay que ser valiente y directo.

miguel ventayol, telefono pinchado