12 de junio de 2013 - 12 de junio de 2024

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años de periodismo
Ante 1 pucherazo electoral, 1 gesto de grandeza

«Que gane Emiliano y convoque otras elecciones inmediatas para el pueblo»

  • Jesús Perea llama al "voto de concentración para acabar con un periodo negro de la historia de Castilla-La Mancha"
  • Los partidos minoritarios se enfrentan a un escenario en el que, para obtener un diputado, se debe alcanzar al menos un 19 % de votos en una circunscripción provincial.

Jesús Perea

La decisión del Tribunal Constitucional de ratificar el ‘pucherazo’ electoral de Cospedal, debería ratificarnos a nosotros, ciudadanos, en la necesidad de afrontar una reforma constitucional para atajar la notoria inutilidad de instituciones como ésta, desprestigiadas de raíz y desprovistas de un mínimo de independencia política para interpretar una Constitución que cada vez aliena a más gente.

Pero en el terreno político, que es de lo que van estas letras, el escenario que se plantea nos aboca a la toma de decisiones trascendentales para quienes comparten el deseo de terminar con la ignominia que cuatro años de despiece acelerado de la región que ha perpetrado de Cospedal en esta tierra, que encontró en el autogobierno una salida al atraso endémico y el abandono periférico.

Emiliano García Page es, no me cabe duda, el político más inteligente que hay en esta región.

Y como tal, sabrá ver más allá del día de la batalla electoral, más allá de la niebla de la guerra, que decían los clásicos de la estrategia para diferenciar a los comandantes que asestaban mandobles a diestro y siniestro, de los que conservaban la calma y atinaban a ver en medio de la polvareda que todo lo cegaba.

Gracias al depauperado Constitucional español, vamos a las elecciones de mayo con una norma que consagra la reducción de escaños de las Cortes regionales de Castilla-La Mancha (dos millones de habitantes y ocho mil millones de euros de presupuesto anual) hasta situarlo en un umbral parecido al que tiene la Diputación de Cuenca (diez veces menor en población y 100 veces menor en presupuesto).

Pero ambas con un número similar de diputados.

Con tal norma, los partidos minoritarios se enfrentan a un escenario en el que, para obtener un diputado, se debe alcanzar al menos un 19 % de votos en una circunscripción provincial. De entrada, esta certeza, puede conducir a que Cospedal, con poco más de un 33 % de los votos, obtenga la mayoría absoluta.

Si esto es constitucionalmente aceptable, es moralmente inaceptable.

El caso es que a García Page le queda el recurso de convertir estas elecciones en unas plebiscitarias contra Cospedal, en el marco de la apelación a un voto de concentración que convierta estos comicios en un Cospedal sí, o un Cospedal no.

Al hacerlo, sin embargo, corre el riesgo de legitimar por vía indirecta una reforma electoral absolutamente diabólica y contraria al pluralismo político, un principio constitucional estruendosamente ignorado por el Constitucional en su sentencia. Ser presidente durante cuatro años, aun con el compromiso de reformar la Ley Electoral en ese mandato, no despejaría la duda de que se ostenta el gobierno merced a un préstamo de votos puramente coyuntural, de que se es beneficiario injusto de un voto de concentración dado para terminar contra un periodo negro en la historia de nuestra región. Una región que, en las encuestas previas, revela una pluralidad política sin precedentes en nuestra historia reciente.

Y caminar con un parlamento bicolor al tiempo que se construye en la calle una sociedad multicolor, es un paso más en la estrategia de alejamiento del gobierno respecto del pueblo. Un tabique invisible que nos aliena de una realidad plural y cada vez más rica en matices.

Hay una alternativa, que a alguno le podrá sonar disparatada, pero que al menos, para quien esto escribe, merece ser tenida en cuenta.

Partiendo de la ilegitimidad moral de la reforma electoral que santifica el Constitucional, García Page concurre a las elecciones con un único punto en su programa: la obtención de la mayoría absoluta con el compromiso de aprobar una reforma electoral en el primer trimestre de mandato. Tras ello, disolución inmediata de las Cortes y convocatoria de elecciones de acuerdo a los principios establecidos en esa reforma.

No podemos…

  • No podemos arriesgarnos a vivir con un parlamento que no se parezca a la realidad de una región, de un país, que ha cambiado radicalmente.
  • No podemos asumir el peaje de gobernar con una reforma electoral perversa y abyecta, que condena a los ciudadanos a una ejercicio de democracia bipolar, plebiscitario y pendular.
  • No podemos dejar en manos de los iluminados de todo signo la bandera de una regeneración política que está al alcance de nuestra mano.
  • Y sobretodo, no podemos arriesgarnos a cuatro años más de ignominia lanzando una moneda al aire y rogando a Dios o lo que sea mientras cae del cielo, que todos los ciudadanos hayan entendido la naturaleza plebiscitaria de unos comicios que les obligan a renunciar a sus convicciones en aras de lo que ellos entienden como, «un mal menor».

La democracia no puede construirse sobre la negativa a un adversario, sobre un sistema binario de unos y ceros que nos obligue a pensar en disyuntivas que se excluyen entre sí. Sobre la dictadura del mal menor y el plebiscito negador. O se construye desde la verdad, o se ampara en la mentira de lo que nunca debió ser.

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Al final de la película Gladiador, el senador Graco le pregunta al general Máximo qué hará cuando sus legiones conquisten Roma. El general le responde, en medio de la incredulidad del anciano político, que una vez hecho, retirará las tropas y le devolverá el poder al pueblo, para construir una República.

Ese es el gesto de grandeza que cabe exigir en un momento en el que la democracia formal, puede condenar a casi un 20 % de castellano-manchegos a no tener voz en un parlamento que sea la viva imagen de la mentira.

Que gane Emiliano. Y que, a continuación, le devuelva el poder al pueblo, porque haciéndolo, volverá a ganar formalmente y, lo que es más importante, lo hará moralmente.

 

 

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