12 de junio de 2013 - 12 de junio de 2024

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años de periodismo
Por la ruinosa AP-36 NO pasan ni las águilas

De La Roda a Ocaña, por autopista alemana repleta de ‘apretaculos’

Jesús Perea

Según la ficha técnica del Ministerio, la autopista La Roda-Ocaña salió por algo más de 542 millones de euros.

A unos tres millones el kilómetro.

Por poner el dato en perspectiva, más o menos el 10 % de todo el presupuesto destinado a Investigación, Desarrollo e Innovación que maneja el Gobierno para este año 2015. La próxima vez que coja esta autopista -si es que alguien lo hace- debería tener presente que, saliendo de La Roda, cuando se encuentre a la altura de, digamos, Quintanar de la Orden, una mensualidad completa de lo que destinamos a I+D+i en toda España se habrá ido por el tubo de escape de su berlina.

Entre La Roda y Ocaña hay 182 kilómetros de autopista, con cuatro gasolineras desperdigadas de Cepsa en las que sus operarios, que no salen a llenarle el depósito, regentan esa suerte de supermercados de carretera en los que puede encontrar desde el último premio Planeta a dos kilos de naranjas navelinas gourmet seleccionadas y empaquetadas con gracia japonesa.

Ciento ochenta y dos kilómetros que me sirven para unir los destinos de dos pueblos mucho más distantes que los protagonistas de esta historia como son el mío -el de los miguelitos- y el de Ocaña -el del Comendador de Lope de Vega-.

¡Pueblos tan lejanos como Grecia y Alemania!

Hubo un tiempo, ahora lejano, en que el sur no era una tierra de holgazanes, fiesteros y siesteros. Hubo un tiempo en que los alemanes, esos dechados de virtud seminórdica y prusiana, también sucumbieron al sur, tierra de oportunidades, ya se llamaran España o Grecia. Era un tiempo en el que la liquidez alimentaba, casi inundaba, los bolsillos de ávidos visionarios que levantaban aeropuertos, carreteras y autopistas, como la que va de La Roda a Ocaña. Y esa liquidez, consagrada al Dios del libre movimiento de capitales, venía de la tierra de los austeros prusianos y bávaros, siempre fiables como un motor Volkswagen.

Un ejemplo es la ruinosa autopista de marras. Un negocio que costó 542 millones de euros de muy dudosa, casi nula rentabilidad, y en el que figuran como prestadores de la fiesta, entidades más alemanas que el sauerkraut y el Bayern de Munich, como Deutsche Bank y otra de largo nombre compuesto: el Landesbank Hessen-Thurigen Girozentral, más conocido entre los amigos de los mercados como Helaba.

Helaba es, basicamente, uno de esos gigantes bancarios cuya matriz histórica se encuentra en la banca de depósito de ahorros regional tradicional, esa en la que los comerciantes locales de Hesse y Turingia iban depositando marco a marco, ganados con el sudor de su productiva frente, para que los gestores de la entidad les facilitaran a cambio el crédito para crecer de forma saludable en sus sólidos negocios. Hombres temerosos de Dios, como los que el gran Hanecke describiría en La Cinta Blanca, de los que no buscan atajos en el enriquecimiento súbito porque pregonan aquello de que el dinero ganado con el sudor de la frente sabe mejor y es más presentable a los ojos del creador.

Y así era hasta que los nuevos yuppies de la banca germana, más viajados que sus acartonados próceres, decidieron que había que sacar a pasear esos fajos de quinientos, eliminar su rastro de poética laboriosidad de ahorradores de provincias, y ponerlos a circular en la financiación de negocios emergentes.

Uno de esos negocios emergentes, la autopista de La Roda a Ocaña. Como lo había sido poco antes la construcción del emporio olímpico en la Atenas de 2004.

Diez años después, el gobierno español negocia con los acreedores de tan ruinosa infraestructura, financiada con los euros del virtuoso comerciante del estado de Hesse, una quita del 50 % de una ruinosa deuda que asciende, esta sí, a la práctica totalidad de lo que España gasta en un año en investigación y desarrollo. Y todo ello porque por la flamante autopista no pasan ni las águilas.

Paradojas de la vida, nadie puso en la mano de aquél prudente inversor alemán una pistola para financiar la construcción de autopistas por las que hoy transitan más bolas de cardo, de esas de película del oeste, que coches.

Y más paradojas, nadie asume en Alemania la culpa por el agujero que las ruinosas infraestructuras en los hoy destartalados vertederos sureños de la periferia europea han dejado en sus siempre brillantes balances, sólidos como la recta virtud del trabajador alemán. Balances manchados por la aventura mediterránea en la que se embarcaron solitos, sin nadie que les obligara a entrar en delirios de grandeza de políticos de corto alcance y larga mano.

Según el tradutor de Google, en alemán, culpa y deuda se traducen con la misma expresión: schude. Y en esta sutileza lingüística podemos encontrar algunas respuestas al empeño germano en hacer al sur responsable de sus desgracias por su mala cabeza.

El sur, el sur griego y el español, el italiano y el portugués, es culpable de muchas de sus miserias. No reneguemos de ello a la hora de afrontar las reformas estructurales que por ceguera o por comodidad, hemos pospuesto eternamente. Pero conviene recordar, que de la deuda resultante, no sólo es culpable el deudor. También el acreedor que presta de forma irresponsable.

E irresponsable fue construir aquélla infraestructura con una estimación de negocio fantasiosa. Nosotros solos nos pegamos el tiro en el pie, cierto es.

apretaculos

Pero no lo es menos que ustedes llenaron el cargador y nos alentaron a disparar. Y aunque el tiempo borre las huellas, y ahora llenen nuestro dispensario de recetas de austeridad y responsabilidad para con los acreedores frustrados, conviene recordar que ustedes, sí ustedes, también fueron responsables de aquélla vorágine de crédito barato y aeropuertos desiertos.

Aunque detesten tener que admitirlo, dejaron de ser alemanes. Ahora, cuando Grecia les vuelve a provocar sarpullido, o quizás mañana España, tendrán que admitir que en el camino de la virtud, ustedes también se perdieron a la búsqueda de ruinosos paraísos de asfalto.

Pd.: me cuenta un amigo de Villarrobledo que a las bolas de cardo a las que me refiero más arriba, en su pueblo las llaman «apretaculos». Justicia poética, así debe tener el ídem alguno de tantos prestadores germanos ante la perspectiva de que alguien les diga que ellos también son culpables de la deuda del sur, como su venerable idioma asocia.

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