12 de junio de 2013 - 12 de junio de 2024

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años de periodismo
Perea no podrá votar, como tantos exiliados

Encuestas y principio de incertidumbre

Jesús Perea

Dice la Wikipedia, sobre el principio de incertidumbre, que cuanta mayor certeza se busca en determinar la posición de una partícula, menos se conoce su cantidad de movimientos lineales y, por tanto, su masa y su velocidad.

Honestamente, sé de Física Cuántica lo mismo que un inglés sobre una comida decente.

Pero me quedé con esta sentencia hace muchos años, leyendo un magnífico libro de Jorge Volpi sobre el autor de la misma. Un científico alemán de nombre Heisenberg, célebre por sus coqueteos con los nazis y, más recientemente, por ser el alias de mi amado profesor White en Breaking Bad.

El principio de incertidumbre -vayamos al tema- asevera, traducido al cristiano, que el mero hecho de intentar observar algo con precisión, cambia lo que se está observando. Es una definición simple -no tengo tiempo ni ganas de profundizar- pero que resulta aplicable a un campo tan ajeno a la Física Cuántica como el de la Política.

Y es que, a una semana de las Elecciones Municipales y Autonómicas, la obsesión compulsiva con las encuestas lo nubla todo. No es un fenómeno nuevo ni carente de intención. Han estado siempre ahí. Pero la sobredosis de estudios de opinión y sondeos varios parece más visible que nunca. Ya sea producto de la intriga que suscita medir cuán hondo será el sorpasso de los nuevos actores emergentes, ya sea por la naturaleza plebiscitaria que estos comicios parecen adquirir para medir el vigor menguante de los grandes partidos, lo cierto es que la sobredosis de encuestas lleva tiempo copándolo todo.

Tengo para mí que, en aplicación del principio de incertidumbre, cuánto más intentamos conocer a través de la demoscopia qué es el que va a votar la gente el próximo domingo, menos sabemos sobre lo que realmente va a pasar. Y uno, desconfiado de nacimiento, no ve en esa ceremonia del caos, algo inocente y gratuito, sino abiertamente intencionado.

Las encuestas las hacen gabinetes de opinión, casi siempre por encargo de los partidos, y también de sus voceros extraoficiales, los medios de partido. Dicho más claramente, los primeros las hacen, los segundos las cocinan. Y casi se podría decir que hoy son el sustrato de las dos semanas de campaña electoral. Porque antes, cuando la democracia en España todavía vestía los inocentes ropajes de la ingenuidad, se hacía campaña sobre las propuestas de unos y otros. Hoy, básicamente, se hace campaña sobre las encuestas de unos y otros.

Unos, para movilizar al voto indeciso, renuente y antaño fiel, que ahora amenaza con quedarse en casa. Sirven a tal efecto, las encuestas movilizadoras que alientan ante el miedo a escenarios desconocidos, de tripartitos y cuatripartitos. Éste, por cierto, ha sido el recetario del éxito de Cameron en Reino Unido para fulminar a los laboristas, por mucho que estos recorrieran las islas de punta a punta jurando por San Jorge que no iban a gobernar con los nacionalistas escoceses.

Otros, para movilizar el voto disperso, el que se va a quedar en la indecente saca de la nada que encarnan los manejos de leyes electorales, como los perpetrados por Cospedal, que impedirá que un partido con un 9 % de los votos en una provincia tenga representación parlamentaria.

Y otros, para pescar en las aguas del desencanto, teñido de violeta o naranja, según sea el color primario de procedencia ideológica -rojo o azul- que se abandona, para darle al cubo de rubik un poco más de variedad, con dos caras rojas, dos azules y una para cada uno de los nuevos tonos que las encuestas vaticinan como emergentes recolectores del hastío bipartidista.

Las encuestas alimentan portadas que llenan el debate, a falta de sustancia ideológica evidente. Sirva como ejemplo la propuesta de Ciudadanos, o mejor dicho su ausencia. Una opción JASP -lleno de gafapastas expertos en start up, comunity manager, braimstorming, crowfounding, social network y demás jerga posmoderna- que se reclama como la quintaesencia de la modernidad y que al tiempo, se presenta en Castilla-La Mancha sin un mísero link en un espacio web donde consultar su programa electoral. Si lo tienen…

No les culpo. Les basta con extender los brazos en mitad de las plazas, mirar al cielo, e invocar a la lluvia de votos que les caerá por pura inercia gravitacional e impulso demoscópico movido y promovido por el ‘Poder’ y sus balanzas invisibles. Su líder regional, el tal Ángel Ligero, encarna a la perfección ese espíritu. Profesional de las nuevas tecnologías, indefinición ideológica y postureo a cuenta del bigote discretamente hipster que aparece y desaparece en sus fotos en Google.

Al final, los españoles decidirán con su voto. A mí, como a tantos exiliados, correos y la burocracia deliberadamente hostil, me ha hecho la putada de privarme de un derecho que considero ofensivo no ejercer, si de verdad les importa algo el rumbo de su país.

Pero no se engañen. La incertidumbre no se termina el domingo por la noche. Las urnas abrirán un tiempo de negociaciones de mesa camilla de resultados y consecuencias imprevisibles. En la capacidad para evitar pasteleos intolerables y transacciones inmorales, radica la virtud de los emergentes y de los decadentes para encarar la veradera batalla, la que se librará, presumiblemente en otoño.

Mientras tanto, cocineros de encuestas, sigan jugando con las variables de Heisenberg.

Sigan creando artificiales estados de opinión para intentar ordenar el caos. Porque cuánto más jueguen con sus patéticos experimentos a intentar ordenar el caos, más alimentarán el desorden natural de las cosas.

Como dice el principio de incertidumbre de Heisenberg aplicado a la Ciencia Política.

 

 

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