12 de junio de 2013 - 12 de junio de 2024

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años de periodismo
El 'post-rodeñismo' en La Roda

Los miguelitos no son de derechas ni de izquierdas

Jesús Perea

Yo soy de La Roda.

Por razones que no vienen al caso, en mi carnet de identidad pone que nací en El Provencio, Cuenca, donde vivían mis padres cuando vine al mundo. Aún así, tampoco me parió mi madre en el pueblo sino en Albacete. Muchas veces he tenido ganas de preguntar a mis progenitores el por qué de ese malabarismo burocrático que me hace conquense en lugar de albaceteño, pero no hubo tiempo para ello.

Porque no crean que no me ha traído quebraderos de cabeza. Cuando en 1999 me presenté por primera vez a unas elecciones locales, el candidato del PP y largamente invicto alcalde de La Roda, Sixto González se empeñó en repetir a diestra y siniestra que «no iban a venir de El Provencio a decirnos a los rodenses cómo arreglar nuestro pueblo». Fue la primera y amarga vez que me sentí alienado de mi tierra. Un duro aprendizaje de las bajezas de la política que me dolió en el alma, puesto que no estaba mi madre para defender mi rodeñismo, ni el suyo de paso, que le hurtaban por haberse casado con un hombre de Villarrobledo.

Con el paso de los años, le fui encontrando el gusto a mi falta de pureza de sangre rodeña -que no rodense, como nos gusta decirnos a los mi pueblo- buscando patrias coincidentes. Con raíces en Santa María de los Llanos, Villarrobledo, Casas de Guijarro, La Roda y Villalgordo del Júcar, si de patria incontestada puedo presumir es de «La Mancha toda». La que abarca dos provincias de límites difusos y tradiciones afines. A ello, le sumo por avatares de la vida, otras patrias eventuales, como la Mallorca de mi infancia. Tierra de promisión para emigrantes de la construcción como mi padre, en la que aprendí, orgulloso, el catalán que nunca me estorbó, ni me privó de mi pasión por la lengua castellana. Una lengua que no puedo separar del recuerdo imborrable asociado a los maestros que me lo enseñaron.

La Roda es un pueblo de derechas.

No descubro nada que la historia electoral no haya revelado a lo largo de las últimas cuatro décadas. Aunque hay paradojas del destino que merecen ser explicadas. Por ejemplo, que el ciclo triunfal del PP en mi pueblo arranca en 1987, cuando el alcalde del que le hablaba antes, Sixto González venció en aquellas elecciones al único alcalde socialista de la democracia, Abelardo Mora. Miento. No venció. Quedó segundo, pero previo pacto con el CDS, alcanzó una alcaldía que revalidó él mismo; primero, cuatro veces y posteriormente, quien ya entonces formaba parte de su equipo, Vicente Aroca en las tres siguientes.

Estos días, escuchando los balbuceantes argumentos de Rajoy en Benavente, Zamora, en defensa de las listas más votadas como las únicas legitimadas para gobernar en los ayuntamientos, me acordé de cómo llegó al gobierno municipal el actual alcalde mi pueblo, allá por 1987. No vean en ello un revanchismo cargado de ira o veneno, que uno ya está de feliz retirada de las batallas locales. Pero como observador distante, no puedo soslayar el hecho de que el presidente del Gobierno sancione en unas tierras lo que bendice con su presencia en otras.

Porque, sí, como obviarlo, Mariano Rajoy estuvo en La Roda, donde a decir verdad, no pronunció muchas palabras, en el sentido en que cabe esperar de un presidente de Gobierno.

Ya se sabe que Rajoy es más de comparecencias en entrevistas de rostro amable y trato ameno, no vaya a ser que alguien le inquiera sobre la ciudadanía europea de los catalanes. O de plasma. O de silencios incómodos cuando un mandatario se dirige a él en inglés, ese idioma franco que debería darse por sabido a la hora de si quiera atreverse a concurrir a unas elecciones.

Pero no. A Mariano Rajoy, que ya es más de La Roda de lo que a mí me dejaron ser nunca, se le hizo ciudadano de honor, no sólo por ser presidente del Gobierno, sino por comerse un miguelito en público.

Me dirán que ladro, como perro rojo rabioso, ante los éxitos propagandísticos del adversario, de un alcalde que bendijo la visita a su término exclamando a pulmón un, ¡viva la Virgen de los Remedios! Aquí me la juego, pero como por virtud nada tengo que temer, no me callaré lo que pienso. Siento un profundo respeto por el hecho religioso, aunque no me considere creyente. Pero mezclar estas invocaciones divinas con hechos mundanos -porque tal es la visita de un presidente por muy afín que sea a mi partido- patrimonializa símbolos, los aliena y los cosifica, hasta empujar de su halo a los otros, a quienes invocan a la misma Virgen para otras cuitas más humanas y al tiempo albergan otras ideas políticas. Que los hay.

No. Ni la Virgen ni los miguelitos son de derechas. Ni de izquierdas ni de centro.

Aunque como a mí me (des)rodeñizaron desde el momento en que desafié a la derecha rodeña, no me extraña la sutil estratagema que acaba convirtiendo en apátridas a los que no comulgan con un credo mayoritario capaz de asimilar la visita de un jefe de Gobierno a la de un jefe de Estado. Porque de esta suerte se comportó Mariano Rajoy en La Roda. Y como tal fue correspondido por las autoridades locales.

Una dignidad, la de jefe del estado, que hasta donde alcanzo a entender ocupa el rey. Solo de esta figura se esperan visitas llenas de protocolo, vacías de discurso político y cargadas de simbolismo. No de las de un presidente que gobierna del que se expliquen los motivos de su visita y razonando qué piensa hacer para potenciar las indicaciones protegidas, como la de los miguelitos, el turismo interior o el vino de La Mancha; o cómo se van a incrementar los recursos destinados a centros de atención a alumnos con distintas capacidades educativas.

Uno, que vive la política española con el retardo que da la distancia, no puede dejar de asombrarse ante la repetición de pautas de conducta que hubiera firmado el mismo Marqués de Romanones, uno de aquéllos políticos de la Restauración, de los de puro y casino de provincias, como Rajoy, que parecen salidos de las páginas de La Regenta, y que en las campañas electorales prometía construir un puente en el centro de pueblos que no tenían río. Advertido del error, el bueno del marqués, se enmendaba crecido «¡¡ pues os traigo un río!!».

A nosotros, en La Roda, no nos trajeron río pero sí un trasvase.

Pero sobre ello, sobre cómo ha de desarrollarse una política hidráulica que no penalice a estas tierras, tampoco habló el Presidente que derechizó el miguelito y bendijo las tierras de las que yo soy extranjero entre invocaciones a la Virgen del alcalde.

 

 

 

 

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