12 de junio de 2013 - 12 de junio de 2024

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años de periodismo
La crítica teatral del profesor Mario Plaza

‘El Burlador’ de Tirso de Molina, ¿de actualidad?

Mario Plaza

Este 31 de octubre se ha estrenado en el Teatro Circo la reposición modificada de una producción anterior de la Universidad Popular sobre El burlador de Sevilla y convidado de piedra, cuya composición se atribuye, entre 1612 y 1625, a Tirso de Molina, de la que se conserva una publicación de 1630. Al tema se le reconocen algunos antecedentes, y ha tenido una gran cantidad de recreaciones, hasta el punto de que se considera a Don Juan como el personaje más universal del teatro clásico español.

El argumento de la obra está formado por las hazañas amorosas de un caballero, llamado Don Juan Tenorio, que con su ingenio y buena presencia engaña a las damas y doncellas, también a sus padres o a los pretendientes, que se va encontrando en su viaje desde Nápoles a Sevilla. Da muerte al Comendador, el padre de una “burlada”, y éste vuelve como estatua de piedra para intentar llevarse a Don Juan a la tumba.

A la obra se atribuye una intención moralizante en defensa del libre albedrío frente a las teorías de la predestinación que, con algún antecedente en Agustín de Hipona, se habían divulgado en el siglo anterior principalmente con Juan Calvino (1509-1564). El admirable artificio teatral proporciona coherencia a la tesis del libre albedrío, de la libertad. En efecto, el libertino Don Juan va desafiando en cada caso, en las distintas mujeres, a las instituciones sobre las que se asienta el orden social entonces vigente: a la nobleza, en el episodio palaciego de Nápoles, con la duquesa Isabela; a la belleza, la ingenuidad y los cuidados que salvan, en la pescadora Tisbea; a la amistad con Doña Ana de Ulloa; y a la clase popular en la propia boda de la labradora Aminta.

Con el honor le vencí,

porque siempre los villanos

tienen su honor en las manos,

y siempre miran por sí;

que por tantas variedades,

es bien que se entienda y crea,

que el honor se fue al aldea

huyendo de las ciudades.

               (Versos 1945-52)

En todos los lances se invita a Don Juan a cambiar su actitud, y machaconamente responde una y otra vez con el “qué largo me lo fiais”.

Larga esta venganza ha sido;

si es que vos la habéis de hacer,

importa no estar dormido,

que si a la muerte aguardáis

la venganza, la esperanza

agora es bien que perdáis,

pues, vuestro enojo y venganza,

tan largo me lo fiáis.

               (Versos 2332-9)

La obra tiene dimensión política ya que la subordinación de las mujeres es esencial al modelo socioeconómico vigente, como ya lo era entonces (Silvia Federici, Calibán y la bruja, Traficantes de sueños, Madrid, 2016); o también por la constatación de la desconfianza que origina la desigualdad en los órdenes sociales fuertemente jerarquizados.

Será su hijo el galán.

Téngolo por mal agüero;

que galán y caballero

quitan gusto y celos dan.

               (Versos 1747-50)

O por la velada alusión al carácter irreformable de dichos órdenes que necesitan de un recurso arbitrario, irracional, y mistificante, para corregir las injusticias que ellos mismos generan. Como ahora, más o menos. ¿Hacen falta referencias?

Todas estas consideraciones son puestas de manifiesto en una acertada dirección colegiada de Llanos Briongos y Ángel Monteagudo, a la que contribuyen cada uno de los recursos de los que se valen: la elección de los decorados tan característicos, que con la simplificación figurativa, los encendidos o apagados colores, en cada caso, y con su insospechado dinamismo, configuran los distintos ambientes y, sobre todo, el vivo ritmo que requiere una obra de esa dimensión.

El acompañamiento musical del piano en vivo y lo apropiado de las canciones también colaboran en el logrado efecto que se pretende. Y, por supuesto, la equilibrada composición figurativa en todas las escenas o cuadros que componen la obra.

Y, al mismo nivel, el juego interpretativo de las actrices y de los actores, derivado de su irrefrenable pasión por el teatro. Salvan con decoro y a veces con excelencia la dificultad de esta obra, que unas veces requiere enunciaciones delicadas, intensas, reposadas, pero que; por otra parte, necesita en otros momentos de la vivacidad apropiada al tempo de la representación. Sobre todo es un trabajo colectivo en el que no parece justo destacar o señalar preeminentemente alguna actuación porque, aunque con personajes de diversa presencia e importancia, en cada uno de ellos se aprecia un esfuerzo de creación que contribuye de manera significativa al notable resultado del conjunto.

Para terminar sólo señalar que aunque la obra proporciona una fundamentación notable a la teoría del libre albedrío, con la continua insistencia en la invitación a que Don Juan cambie su actitud, esa libertad sólo parece reservada a la clase privilegiada y en relación a determinado tipo de actos: a aquellos referidos a las experiencias de satisfacción y beneplácito a partir de los sentidos, especialmente en el comportamiento sexual, sin considerar en el fondo la subordinación de las mujeres. Y mucho menos la subordinación de clase. El problema del libre albedrío se restringiría al varón de clase privilegiada.

Marqués, yo os quiero creer,

ya no hay cosa que me espante,

que la mujer más constante

es, en efecto, mujer.

               (Versos 356-8)

No estaba en el horizonte de la libertad idelogizada conservadora del siglo XVII que la pescadora o el labrador pudieran escapar a la pertenencia, que se daba por predestinada, a las clases subordinadas. Pero la libertad es otra cosa: “En estado de libertad hasta el más crítico de los seres humanos sería completamente diferente; tanto como los otros cuya trasformación desea” (Th. W. Adorno. Dialéctica negativa. Taurus. Madrid. 1984. Págs. 350-1).

Por cierto, ¿sigue vigente un horizonte de libertad semejante? Para ofrecer una experiencia estética insustituible, y tratar de construir una respuesta pertinente a esa pregunta, ahí les queda, con ratos de notable sentido del humor, la lograda obra teatral a la que nos referimos.

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