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Por las imaginadas calles

Una mañana más de paseo

"Para mí sería sencillísimo hablar de la cantidad de elementos negativos que en días de encierro aparecen en mi teléfono. Paso, tal cual. Y de paso, de paseo he salido por las calles que me vieron caminar y perderme por primera vez un septiembre de mil novecientos ochenta y tantos"

Museo de Albacete. Imagen de JCCM
Imagen de la página web de Cultura de la JCCM
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Miguel Ventayol
21 de marzo de 2020

No es fácil escribir cuando a diario le llegan a uno tal cantidad de mensajes negativos y rayanos en el odio, literal.

Pero esta mañana me he ido a dar un paseo (imaginario, se entienda) por un par de calles al azar, no porque sean más bonitas o menos; no nos engañemos, en Albacete las calles son bonitas por otras cosas, no por el asfalto o sus edificios.

Salí desde la parte de atrás del Museo, por la placeta de San Felipe Neri, subiendo por la calle Alarcón hasta el final, un paseo sencillo, sin ostentación ni elementos llamativos; pero un paseo que me trae buenos recuerdos del primer paseo que di en Albacete cuando esta ciudad me acogió.

Para mí sería sencillísimo hablar de la cantidad de elementos negativos que en días de encierro aparecen en mi teléfono. Paso, tal cual. Y de paso, de paseo he salido por las calles que me vieron caminar y perderme por primera vez un septiembre de mil novecientos ochenta y tantos, porque sí, porque la vida condujo a mis mayores aquí, a la Mancha.

Llegué a la calle Hermanos Falcó, sin saber dónde iba, con la fascinante sensación de que un paseo tiene de sorprendente lo que tú quieras que tenga. Yo iba buscando el instituto número 4, no preguntes qué estúpido motivo adolescente me llevó por esta calle; a veces el destino te lleva por calles desconocidas. Tú verás, tú decides, porque en la mayoría de las ocasiones, las decisiones son personales aunque alguien, algo, las circunstancias, o la vida, te condicionen y te obliguen a ir en un sentido único.

¿Hermanos Falcó a la derecha o a la izquierda? Me fui a la derecha porque vi una callecica que se abría hacia delante, me pareció bien, y por allí bajé sin saber dónde iba. Bueno sí, quería ir a mi primer día de clase en un lugar desconocido, a encontrarme con personas desconocidas (luego me di cuentas de que estaban tan perdidas como yo). Seguí hacia delante hasta que caí en la cuenta de que la carretera se abría a mis ojos y mi camino debería estar errado.

Seguro.

Pero vamos, que tantas veces me había equivocado antes, y tantas me iba a equivocar después, que hice lo único que entraba en mi raciocinio: echar un ojo alrededor y esperar la luz divina.

Casualidades de la vida, a la altura de la calle Buen Pastor,  vi a dos chavales con libretas en la mano y pensé: ¿irán donde yo quiero ir? Seguí sus pasos a cierta distancia, atravesando el parque del Polígono San Antón y mirando de reojo el Copete (desconocido al principio, luego ya menos), además de otras calles que no miré porque estaba concentrado en no perder de vista a aquellos adolescentes. Antes de darme cuenta aparecieron delante de mí decenas de chicas y chicos. Casualidades de la vida, llegué al edificio que albergaría cuatro años de mi vida, y llegué a tiempo.

Muchas veces no sabes dónde te encuentras, en otras ocasiones sí. Lo bueno de saber por dónde vas, es que tomas los caminos más adecuados en función de tus necesidades; así que, en mi camino de vuelta para llegar al Museo, no me preguntes, hoy me apetece ir y volver al Museo Arqueológico, me encaminé hacia la calle José Isbert y aparecí en el Parque Lineal, ¡vaya! Sin perro y paseando por el parque.

Caigo en la cuenta de que este parque, como el de Abelardo Sánchez, esconden tantos y tantos secretos como tantos y tantos paseos, míos, tuyos, de miles de personas. Me deleito un poco y saboreo, aún tengo tiempo hasta tomar por la calle Salamanca, la calle Gaona y Teodoro Camino, que son tres pero son una, ¡maravillas de este pueblo grande! Y sí, después de atravesar esta calle larga y concurrida solo a medias porque es el centro sin serlo, llego a la Punta del Parque: no hay nadie comiendo pipas, ni pelando la pava (sutiles giros de lenguaje); de hecho no hay nadie, así que atravieso el parque con calma pero con el miedo del alérgico, el miedo a quedarte sin respiración cuando más estás disfrutando de las cosas sencillas.

Tuerzo a la izquierda y me meto en el Museo. No me preguntes el motivo, hoy me voy a quedar un rato observando mosaicos, pensando en las calles por las que he paseado, pensando y recordando con deleite en las personas con quienes he paseado por esas calles, las personas que me acompañaron cuando me perdía, cuando sabía bien mi destino. Personas que viven o vivían en cada uno de esos edificios feos (nos nos engañemos) y que guardan en su encierro tantas anécdotas que voy a ir llamando uno a uno a que me cuenten cosas buenas, bonitas y positivas.

Porque, a veces, las personas podemos elegir el camino que tomamos.

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