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#TrabajoSocial en tiempo de pandemia /6/

Solo cuidarnos nos cambiará /6/

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Mª José Aguilar
4 de abril de 2020

Queremos disfrutar de nosotros mismos, de nuestras amistades y familia, queremos compartir las tragedias y placeres de la vida con quienes tenemos cerca y lejos.

Queremos democracia: y eso significa compartir entre todas y todos, de manera igual y justa, las penas y las alegrías que implican los cuidados.

Joan Tronto


 

El neoliberalismo ofrece una forma de comprender el mundo social que se basa principalmente en el mercado. Ese punto de vista tiene fallos, pero los neoliberales los resuelven refiriéndose al mercado como solución a dichos problemas. Frente a esto, ni los partidos de la izquierda ni los de la derecha han centrado correctamente su enfoque en las limitaciones reales del fundamentalismo de mercado. Como advierten Hoppania y Vaittinen, “siempre que los políticos o los responsables arreglan el caos causado por una crisis del sector asistencial, el orden se reorganiza y se reforma ligeramente. Obviamente, resulta poco probable que el resultado sea un orden económico totalmente nuevo”. Si queremos construir un marco alternativo necesitamos modificar nuestras formas de pensar respecto a la sociedad.

En dos artículos anteriores proponía, siguiendo las aportaciones de Gilligan y Tronto, el valor del cuidado como el eje central de ese marco alternativo necesario, que trata de dar respuesta a las nuevas direcciones que las necesidades y riesgos plantean a la sociedad democrática, que precisa ser “cuidadora” y “cuidada”.

En este, me centraré en algunas propuestas de Joan Tronto, que considero fundamentales para salir de esta crisis, cambiando algo más que la superficialidad de nuestros modos de relacionarnos, de prestar servicios y desarrollar las políticas sociales tradicionales.

El cuidado es entendido erróneamente todavía como una práctica particular y personal, que permanece invisible. Pero el cuidado es sobre todo social y político, porque tiene que ver con el poder. Veamos:

El cuidado, como señalan Fisher y Tronto, es “una actividad genérica que comprende todo lo que hacemos para mantener, perpetuar, reparar nuestro ‘mundo’ de manera que podamos vivir en él lo mejor posible. Este mundo comprende nuestro cuerpo, nosotros mismos, nuestro entorno y los elementos que buscamos enlazar en una red compleja de apoyo a la vida”.

El cuidado, así entendido, se compone de cinco elementos o fases operacionales:

  1. ATENCIÓN: implica la necesidad de interesarse por una situación, ya que si alguien no identifica una necesidad, no se inicia ningún proceso de cuidado.
  2. RESPONSABILIDAD: una vez identificada una necesidad, alguien o alguna entidad tiene que encargarse de ella, es decir, asumir la responsabilidad.
  3. COMPETENCIA: es el trabajo real del cuidado, para cubrir, responder o satisfacer la necesidad.
  4. RECEPCIÓN: es la respuesta de quien recibe el cuidado, exige sensibilidad o capacidad de respuesta como cualidad moral.
  5. CUIDAR CON: mientras se produce el cuidado, las personas tienden a confiar en la provisión continuada de dicho cuidado. La confianza y la solidaridad son las cualidades morales de este componente del proceso de cuidado.

Este proceso, que es holístico, con frecuencia se encuentra atomizado, dividido y fragmentado entre actores, entidades y personas diferentes. Que realizan prácticas igualmente atomizadas, fragmentadas y, con frecuencia, incompletas y terriblemente insuficientes.

Una de las ventajas de usar el cuidado para construir un marco alternativo al orden dominante, es que la existencia de personas cuidadoras y receptoras de cuidados en diversas situaciones, tienen diferentes niveles de poder. El poder relativo de las personas cuidadoras o receptoras de cuidados, nos dice Joan Tronto, depende de la naturaleza de las necesidades. Cuando estas son precisas, la persona receptora del cuidado se encuentra en desventaja relativa en términos de poder (imaginemos que en un momento dado necesitamos las habilidades de una cirujana, por ejemplo). Otras veces, la necesidad puede colocar a la persona cuidadora en posición de decidir hacerlo por sí misma o encontrar a otra persona que lo haga. En todos los casos, “las situaciones de cuidados son siempre situaciones de poder, es decir, son inevitablemente políticas”.

Las responsabilidades de cuidado se pueden aceptar o rechazar de muchas formas. La tarea es encontrar la forma democrática de planificar el cuidado. De ahí la importancia de una ética democrática del cuidado, que es un enfoque que requiere entender la democracia como la asignación de responsabilidades entre todos los miembros de la comunidad política, así como el método democrático mediante el cual todas las personas tienen voz para dichas asignaciones.

La calidad de vida y la satisfacción de las necesidades para vivir una vida (buena) son entonces las preocupaciones centrales de la democracia. Al servicio de las cuales debe estar la economía (y no al revés como ocurre ahora).

En el pasado se han usado dos mecanismos para evitar que la gente acepte sus responsabilidades de cuidado: el primero es la “irresponsabilidad privilegiada”, que utilizan personas en posición de poder que pueden evitar sus responsabilidades de cuidado reasignándolas a otras personas. Históricamente se ha excluido de la toma de decisiones a la mayor parte de las personas a las que se ha obligado a realizar el trabajo de cuidados (la esclavitud o el colonialismo, son ejemplos de ello).

Otra forma no democrática de repartir responsabilidades consiste en “ausentarse” de la discusión: algunas personas reciben “permisos” para saltarse el debate sobre la responsabilidad. Justifican su evasión de responsabilidad  con argumentos tales como “estoy ocupado/a produciendo en el mercado”, “ya cuido a mi propia familia”, “ya hago donaciones a entidades que me gustan”, etc.

Las razones por las que algunos miembros de la sociedad han recibido “permisos” para evadir sus responsabilidades de cuidado deben responderse sin demora para que el cuidado pueda ser verdaderamente democrático.

El cuidado democrático requiere que mantengamos siempre en el centro de nuestro análisis las dinámicas de poder existentes en las relaciones del cuidado, ya sea a nivel individual, institucional, social o global. Requiere que entendamos la dinámica de la dominación y los efectos de las injusticias pasadas.

El cuidado democrático requiere que apreciemos la interdependencia humana: las relaciones son el centro de nuestro mundo y lo único que puede asegurar la vida (no la codicia de unos pocos).

Estudiar el poder en las relaciones de cuidados nos ayuda a descubrir las injusticias pasadas y presentes, nos permite percibir los patrones de dominación que subyacen y permanecen en las decisiones relacionadas con los cuidados. Nos permite identificar las diversas formas de interdependencia y encontrar mejores maneras de tratar las diferencias.

Esta es la mejor manera de reformular las políticas democráticas y de devolver a la economía el lugar que le corresponde, poniendo en el centro la interdependencia y el derecho a una vida buena, vivible y digna, de todas las personas (sin excepción).

Estos días de pandemia global y confinamiento forzado, son una ocasión propicia para reflexionar críticamente sobre nuestras experiencia vital y social en clave de relaciones y procesos de cuidado, de manera que esta experiencia individual y colectiva nos sirva para, entre otras cosas: reorganizar la jornada laboral (trabajando menos horas para cuidar mejor a la familia); dialogar sobre cuáles son las necesidades humanas reales y prioritarias; qué inversiones en salud deberían priorizarse para garantizar el cuidado de todos (y no el enriquecimiento de unos pocos); apreciar la importancia de cuidar el mundo natural para nuestra supervivencia, etc.

Cuando la política se desconecta de la vida de las personas surge el desencanto. Cuando la política trate sobre lo que de verdad importa, la gente volverá a interesarse por la política.


 

Entrada basada en los textos de Joan C. Tronto:

(1993). Moral Boundaries: A Policitcal Argument for an Ethic of Care. New York: Routledge.

(2010). Creating Caring Institutions: Politics, Plurality, and Purpose. Ethics and Social Welfare, 4(2): 158-171.

(2013). Caring Democracy: Markets, Equaly and Justice. Nueva York: NYU  Press.

(2017). There is an alternative: homines curans and the limits of neoliberalism. International of Care and Caring, 1(1): 27-43.

 

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