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La reconstrucción histórica moderna

Análisis del discurso en el tiempo actual | Lecturas

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9 de agosto de 2020

En la introducción a Rizoma de marzo de 1977 Deleuze indicaba ya el panorama de referencia: toda enunciación individualizada permanece prisionera de las significaciones dominantes, todo deseo significante remite a sujetos dominados. Así que, claro, la presuposición de la existencia de algún sentido literal se constituirá como el índice y el efecto de algún determinado poder social. Y con anterioridad, en 1972, se había precisado que leer un texto nunca es un ejercicio erudito en busca de los significados, y todavía menos un ejercicio altamente textual en busca de un significante, es un uso productivo de la máquina literaria, […] que desgaja del texto su potencia revolucionaria. (Deleuze y   Guattari. El Antiedipo. Capitalismo y esquizofrenia. Barral. 1973. Pág. 111). Así que no se trata sólo de un ejercicio de lectura, de interpretación, de hermenéutica, sino de una actividad dentro de la pugna política. Por una parte, los dispositivos sociopolíticos jerarquizadores de control y subordinación, y por otra, las resistencias, las reacciones desestabilizadoras de una poética de lo común.

Y no sólo se puede aplicar a la lectura de textos literarios, sino también a la lectura, es decir, a la interpretación, de los  fenómenos sociales, de la realidad de referencia. De las precisiones que anteceden, los resistentes, la generalidad de los excluidos, no solemos sacar apenas las actitudes que les corresponden. Como casi siempre quienes son absolutamente consecuentes con ellas, sus verdaderos virtuosos, son los mecanismos de control, específicamente, los omnipresentes medios de comunicación, que son sistemáticamente utilizados como máquinas de guerra, como armas de destrucción. ¡Qué les importa a ellos cómo sean las cosas! Especialmente, queda el reflejo de esta actitud en el uso de los medios que hacen los partidos políticos que se proponen defender el sistema generalizado de corrupción en la economía, las desigualdades arbitrarias e injustas vigentes, la exclusión de las mayorías. Vean, vean.

Michel de Certeau (1990). La invención de lo cotidiano 1 Artes de hacer. UI. 2007. p. 184-5.

¿De dónde nace la muralla china que circunscribe lo “propio” del texto, que aisla del resto su autonomía semántica, y que hace de ésta el orden secreto de una “obra”? ¿Quién levanta esta barrera que constituye el texto en isla siempre más allá del alcance del lector? Esta ficción condena a los consumidores a ser sometidos, pues ellos siempre han sido culpables de infidelidad o de ignorancia ante la “riqueza” muda del tesoro puesto aparte de esta forma. Esta ficción del “tesoro” oculto en la obra, caja fuerte del sentido, no tiene evidentemente como fundamento la productividad del lector, sino la institución social que sobredetermina su relación con el texto. La lectura está de alguna forma obliterada por una relación de fuerzas (entre maestros y alumnos, o entre productores y consumidores) de la cual se vuelve su instrumento. El uso del libro por parte de los privilegiados lo establece como un secreto del cual estos últimos son los “verdaderos” intérpretes.

La lectura plantea entre el texto y sus lectores una frontera para la cual sólo estos intérpretes oficiales entregan pasaportes, al transformar su lectura (legítima, también) en una “literalidad” ortodoxa que reduce a las otras lecturas (igualmente legítimas) a sólo ser heréticas (no “conformes” al sentido del texto) o insignificantes (abandonadas al olvido). Desde este punto de vista, el sentido “literal” es el índice y el efecto de un poder social, el de una élite. De suyo ofrecido a una lectura plural, el texto se convierte en un arma cultural, un coto de caza reservado, el pretexto de una ley que legitima, como “literal”, la interpretación de profesionales y de intelectuales socialmente autorizados.

Además, si la manifestación de las libertades del lector a través del texto puede tolerarse entre intelectuales (hay que ser Barthes para permitírselo), en contraste está prohibida a los alumnos (áspera o hábilmente conducidos [como caballos] a la cuadra del sentido “recibido” por los maestros) o al público (cuidadosamente prevenido de “lo que hay que pensar” y cuyas invenciones se consideran desdeñables, reducidas al suénelo).

Es pues la jerarquización social que oculta la realidad de la práctica lectora o la hace irreconocible. Ayer, la Iglesia, fundadora de una división social entre clérigos y “fieles”, mantenía la Escritura en el estado de “literalidad” supuestamente independiente de sus lectores y, de hecho, guardada por sus exégetas: la autonomía del texto era la reproducción de las relaciones socioculturales en el interior de la institución cuyos encar¬gados fijaban lo que había que leer. Con el repliegue de la institución, aparece entre el texto y sus lectores la reciprocidad que ocultaba, como si, al retirarse aquélla, se dejara ver la pluralidad indefinida de las “escritu¬ras” producidas por unas lecturas. La creatividad del lector crece a medida que decrece la institución que la controlaba. Este proceso, evidente desde la Reforma, inquietaba ya a los pastores del siglo XVII. Hoy, son los dispositivos sociopolíticos de la escuela, de la prensa o de la TV los que aislan de sus lectores el texto poseído por el maestro o por el productor. Pero detrás del decorado teatral de esta nueva ortodoxia, se oculta (como ayer ya era el caso) la actividad silenciosa, transgresora, irónica o poética, de lectores (o televidentes) que conservan su actitud de reserva en privado y sin que lo sepan los “maestros”.

La lectura se situaría entonces en la conjunción de una estratificación social (de relaciones de clase) y de operaciones poéticas (construcción del texto por medio de su practicante): una jerarquización social trabaja para conformar al lector a “la información” distribuida por una élite (o semiélite); las operaciones lectoras se las ingenian con la primera al insinuar su inventividad en las fallas de una ortodoxia cultural. De estas dos historias, una oculta lo que no se halla conforme a los “maestros” y lo hace invisible para ellos; la otra lo disemina en las redes del ambiente privado. Colaboran ambas para hacer de la lectura una desconocida de donde emerge, por un lado, teatralizada y dominante, la única experiencia docta y, por otro, raros y parcelarios, como burbujas que salen del fondo del agua, los indicios de una poética común.

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