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De objetos fabulados que no colman expectativas

La felicidad y la espera inútil

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9 de enero de 2021

¿Qué es experiencia metafísica? Quien desdeñe retrotraerla a supuestas experiencias religiosas originarias, se la representará ante todo como Proust; por ejemplo, en la felicidad que prometen los nombres de pueblos como Otterbach, Watterbach, Reuenthal, Monbrunn. Parece que, si uno fuera a ellos, llegaría a algo cumplido, como tal cosa existiese. En cambio, una vez allí, lo prometido huye de nosotros como el arco iris. Y con todo, no nos sentimos desengañados; uno siente más bien como si estuviera demasiado cerca y por eso no lo viera. A este respecto, la diferencia existente entre los diversos paisajes y regiones que fueron decisivos en cada caso para el mundo imaginativo de la infancia no es probablemente tan grande. Lo que Proust descubrió en Illiers lo vivieron muchos niños de la misma capa social en otros lugares. Pero para que se forme este universal, lo auténtico en la descripción de Proust, hay que estar entusiasmado por el propio lugar, sin guardar un reojo para lo universal. Al niño le resulta evidente que lo que le encanta en la pequeña ciudad que ama sólo se puede encontrar allí, nada más que allí y en ninguna otra parte. El niño se equivoca; pero su error funda el modelo de la experiencia de un concepto que al fin sería el de la misma cosa, y no un miserable resto abstraído de ella. Puede ser que la boda en que el narrador proustiano divisa de niño por primera vez a la duquesa de Guermantes, se haya repetido, exactamente igual y con el mismo dominio sobre el resto de su vida, en otro lugar y en otro tiempo. Sólo lo individuado absoluta, indisolublemente, nos permite esperar que eso, exactamente eso que ya existió, volverá a existir; corresponder a esta verdad es la única forma de cumplir el concepto del concepto. Sólo que éste va unido a la promesa de felicidad, mientras que el mundo, que la niega, se caracteriza por la universalidad dominante, la misma a la que combatía testarudamente la reconstrucción proustiana de la experiencia. La felicidad es lo único en la experiencia metafísica que es más que deseo impotente; nos da el interior de los objetos como algo a la vez liberado de ellos. Por otra parte, quien saboree ingenuamente esa experiencia como si ya poseyera lo que sugiere, se somete a condiciones del mundo empírico que quiere superar y que, sin embargo, son las únicas en posibilitárselo.

Th. W. Adorno. Dialéctica Negativa (1966). Taurus. Madrid. 1984. P. 373-4.

El fragmento alienta nuestras consideraciones sobre una apreciación imaginaria que acaba definiendo la forma de ser de cada persona. Se nos presenta como un conjunto de indicios aprovechables. El primero es la asignación de una función específica y exclusiva a la literatura, a la escritura. ¿Cómo, si no, establecer ese empeño al que dice que estaba dedicado con perseverancia y esfuerzo el arte de Proust, esa forma de estar constituido el sentido de la individualidad y su horizonte de felicidad?

Y luego también contrastar la viabilidad del contenido de esa función. La infancia acaba fijando su imaginación a determinados objetos que se le presentan como fabulosos, propios, exclusivos. La unicidad de los entornos de sus ciudades de referencia, la apariencia de elegancia y ensueño de un cortejo nupcial, un jardín, unos aromas, etc. Y la esperanza de que esas sensaciones derivadas directamente de esos objetos, y que son casi los objetos mismos, vuelvan una y otra vez a presentarse a lo largo de la vida.

Pero se encuentra que lo que la vida ofrece son abstracciones de los objetos que no tienen ese poder evocador de los objetos fabulados de aquella experiencia infantil. De esas abstracciones  su modelo común es el concepto de la mercancía, por definición lo intercambiable, y por ello no lo singular, que es su objeto soñado. Así que a los que han tenido esa experiencia infantil se les presenta la felicidad como algo más que deseo impotente, y luchan para superar las condiciones del mundo empírico, el del dominio de la mercancía, de lo intercambiable, y de forma que se da por sentado que estas condiciones de lo dado son las únicas que permiten su propia superación hacia la felicidad, que sólo puede ser la de la sociedad en su conjunto.

¿La costumbre de los regalos a las niñas y a los niños, adornados con los recursos fabuladores de la propaganda, podrían tener también un estatus semejante, el de ser un impulso hacia la realización de alguna clase de felicidad? Da la impresión de que, exactamente, la propia existencia de la propaganda tiene que desmentir esa semejanza de estatus. Lo que tiene que anunciarse, que promocionarse, como fabuloso, ya está excluido de serlo. Pero también porque el contenido de lo que invoca son meras abstracciones de las cosas. No hace falta citar ejemplos entre los esquemas de la publicidad ordinarios. Todos tienen algún aspecto relevante  de lo que se quiere indicar.

Aunque se puede ir más lejos y tratar de precisar la naturaleza y la especificidad de esos muchos niños de la misma capa social. La impresión es que esos muchos no son tantos, y que a la vista de los resultados puede parecer que el combate testarudo y el afán de superación de la universalidad dominante no conceden perspectivas generales demasiado esperanzadoras.

Más bien se obtendrían resultados desesperanzadores pues los que en cada entorno aparecen como referenciales serían solamente una forma de selección de las desigualdades sociales de presencia y de participación en el orden social, y en la división política de los trabajos y las funciones a los que las niñas y los niños estarían orientados desde su origen social. Y por lo tanto, esa aparente protección de la infancia no podría desligarse de la heteronomía del trabajo en la sociedad antagónica del intercambio, en contra de lo que el principio del regalar, del don, del regalo, tendría que significar.

Y nos damos cuenta de que estas consideraciones anteriores no anulan la posibilidad de la realización de una felicidad soñada. Esta posibilidad se mantiene intacta de la única forma que podemos hacerlo. Y es especificando las razones precisas por las que esa posibilidad no puede realizarse en las condiciones concretas en las que ahora se promueve y espera su cumplimiento. Otras condiciones son posibles.

 

 

 

 

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