Cine | La resistencia de las conciencias

El ejemplo de unos niños que despertaron a un pueblo

Durante la ocupación alemana en la Segunda Guerra Mundial, tres niños de un pequeño pueblo francés deciden que ellos también pueden hacer algo contra la injusticia. François, Eusèbe y Lisa se embarcan en una aventura clandestina hecha de sabotajes, mensajes secretos y fugas peligrosas, mientras descubren que la amistad y la valentía pueden ser una forma de resistencia

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Hay películas que, aunque estén ambientadas en otro tiempo, terminan interpelando al presente. Los niños de la resistencia es una de ellas. Ambientada en los años previos a la Segunda Guerra Mundial en un pueblo de Francia. La historia no se limita a mostrar la ocupación nazi o la barbarie del conflicto. Su verdadero mensaje gira en torno a una pregunta mucho más incómoda: ¿qué ocurre cuando la mayoría guarda silencio ante la injusticia?

Los protagonistas son apenas unos niños. No tienen poder, ni influencia, ni recursos. Solo poseen dos armas: la amistad y el coraje. Frente a una realidad dominada por el miedo y la resignación, deciden actuar. Su ejemplo acaba despertando la conciencia de quienes, hasta ese momento, habían aceptado la injusticia como si fuera inevitable.

Sin establecer equivalencias históricas entre contextos profundamente diferentes, esa reflexión puede servir para analizar algunos debates que atraviesan hoy la democracia española.

Una parte de la sociedad sostiene que determinadas actuaciones judiciales contra personas del entorno familiar del presidente del Gobierno, así como la intensa confrontación política e institucional, responden a una utilización de los tribunales con fines políticos, un fenómeno que algunos denominan lawfare.

La película, Los niños de la resistencia pertenece a esa categoría de relatos que atraviesan generaciones porque su mensaje esencial sigue vivo: la injusticia no siempre se impone porque sea invencible, sino porque demasiadas personas terminan aceptando que no merece la pena combatirla.

Los protagonistas son niños. No tienen poder, cargos ni influencia. No disponen de grandes medios. Solo cuentan con dos armas que parecen pequeñas, pero que acaban siendo decisivas: la amistad y la valentía.

Su mayor logro no es derrotar por sí solos a quienes dominan la situación. Su verdadera victoria es despertar a quienes se habían resignado y dejaron de hacerse preguntas.

Y ahí reside la gran lección para el siglo XXI.

Las sociedades no pierden su libertad únicamente cuando alguien intenta arrebatársela. También la pierden cuando la ciudadanía se acostumbra al silencio, cuando la comodidad sustituye al compromiso y cuando se acepta que las decisiones siempre deben venir de arriba.

El viejo caciquismo no ha desaparecido simplemente porque han cambiado los tiempos. Sus formas pueden transformarse. Ya no necesita necesariamente un despacho desde el que imponer órdenes. Puede aparecer como una red de favores, como una cultura de obediencia, en la idea de que discrepar tiene un precio o como la convicción resignada de que nada puede cambiar.

El mayor triunfo de cualquier forma de poder cerrado es lograr que la sociedad deje de preguntar.

Por eso resulta tan importante cualquier gesto que rompa esa dinámica. En el mundo de la cultura, la reciente reacción de parte del sector del libro tras el cese de Eva Orúe como directora de la Feria del Libro de Madrid ha abierto un debate sobre la transparencia, el reconocimiento a una gestión y el modelo de futuro de una de las grandes citas culturales del país. Librerías y editoriales han expresado su sorpresa por la decisión y reclaman explicaciones sobre los motivos del cambio, defendiendo el valor de una etapa que consideraban positiva para el proyecto.

Más allá de las posiciones concretas que cada persona o entidad pueda mantener, hay una idea que conecta con la enseñanza de Los niños de la resistencia: una comunidad está viva cuando sus miembros no aceptan las decisiones importantes como simples hechos consumados.

La cultura siempre ha sido un espacio de libertad porque los libros enseñan algo fundamental: ninguna verdad debe estar protegida del pensamiento crítico. Una sociedad lectora es una sociedad menos manipulable, porque aprende a comparar, a cuestionar y a buscar respuestas.

También por eso el papel de quienes trabajan en las instituciones resulta esencial. Los servidores públicos (políticos pero también funcionarios) tienen responsabilidades colectivas deben recordar siempre que su compromiso principal no es con una persona concreta ni con una circunstancia pasajera, sino con los principios que dan sentido a la función que desempeñan.

Pero la democracia no puede depender solo de quienes ocupan cargos. Necesita ciudadanos despiertos.

Despertar no significa vivir en la confrontación permanente. Significa recuperar la capacidad de preguntar sin miedo. Significa entender que la crítica no es una amenaza, sino una herramienta imprescindible para evitar que cualquier poder se convierta en una estructura cerrada sobre sí misma.

Los niños de la película nos recuerdan que los grandes cambios suelen empezar con pequeños actos de dignidad. Una persona que decide hablar. Un grupo que decide organizarse. Una comunidad que decide que la indiferencia ya no es una opción.

Porque el silencio nunca es neutral.

Cada época tiene sus propios desafíos y sus propias formas de resistencia. En el siglo XXI, una de las más importantes es conservar despierta la conciencia colectiva frente a cualquier forma de imposición, sobre todo cuando es una decisión claramente injusta. No ceder al conformismo o dependencia.

Al final, la historia demuestra que ningún poder basado únicamente en la resignación puede durar para siempre.

Quizá esa sea la enseñanza más valiosa de Los niños de la resistencia: las democracias no sobreviven únicamente gracias a sus normas, sino gracias a ciudadanos e instituciones que entienden que la libertad, la justicia y el Estado de derecho requieren vigilancia permanente. Porque la historia enseña que la indiferencia nunca ha sido un buen aliado de la democracia.

Los pueblos cambian cuando alguien se atreve a encender la primera luz.

Y, a veces, esa primera luz puede venir de quienes menos poder parecen tener.

 


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caciquismo, democracia, lealtad, valentía