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Opinión

Una larga historia

Al reducirnos a lo que querían hemos descubierto nuestra capacidad. Sobran los ejemplos colaborativos en estos días, da hasta pudor enumerar algunos como si no los tuviéramos presentes, como si pudieran ser totalizables o simplemente clasificables con algún nivel de exhaustividad

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20 de marzo de 2020

Es ist nicht länger die Hilfe des Himmels, auf die man hofft, sonder die der Erde.

Ya no se confía en la ayuda del cielo, sino en la de la tierra.

Gadamer, Hans-Georg. Wer bin Ich und wer bist Du? (1993). ¿Quién soy yo y quién eres tú? Sobre Paul Celan. En: Stella Wittenberg, Encuentros. Biblioteca Nueva. Madrid. 2001. Págs. 86-87)

La anterior declaración procede de un comentario de Gadamer a unas estrofas del poema Atemwende de Paul Celan, publicado en 1967. Para este autor que proponía “no dejar de dialogar nunca con las fuentes oscuras”, su lengua fue su patria, aunque era el idioma en el que se expresaban los asesinos genocidas de sus padres. Estos son los dos últimos versos del fragmento comentado:

Du bist der liedfeste

Wimmpel.

Paul Celan, Atemwende (1967)

Eres el gallardete

firme en el canto.

Traducción de José Luis Reina

Desde este horizonte se puede enfocar la historia que tendríamos que contar y que podría comenzar de manera convencional, pero tal vez eficaz, el 31 de octubre de 1987. En esa fecha la revista Women’s Own se recoge la conocida declaración de Margaret Thatcher: “There is no such thing as society. There are individual men and women, and there are families”.

Una justificación para el enunciado de esta frase puede encontrarse en este artículo de Alejandro Nadal. En él que se cuenta como Thatcher lee el libro de 1944 Camino de servidumbre de F. von Hayek en Oxford a los dieciocho años, y se aferra a su idea principal de que cualquier intervención del Estado en la economía arrastra el germen del totalitarismo. Y se cuenta la historia del fracaso profesional de Hayek como economista en los años treinta al ser invitado por Lionel Robbins a ocupar una cátedra en la London School of Economics. Y, entre otros aspectos, como recibe Hayek el premio Nobel en 1974 cuando ya Piero Sraffa había mostrado lo erróneo del grueso de sus teorías.

El libro de Hayek, The Road to Serfdom, es un libro truculento. Sólo se esfuerza por encontrar algún atisbo de intervención socializante allí donde se produce el fracaso de la gestión económica de un estado. Con lo que pretende establecer la justificación de la teoría liberal, sea ésta lo que quiera que sea. Con lo que se puede deducir, por ejemplo ahora además, que no es que haya fracasado en Chile lo que se presentaba como el paradigma neoliberal, no, sino que son los elementos socializantes ocultos, que ya identificarán ellos cuando quieran o haga falta, o cuando se los logren inventar y encadenar con alguna narrativa truculenta, los que han producido el fracaso citado.

Es tan truculento el libro que, por ejemplo, en la cita inicial del capítulo primero se permite un fragmento descontextualizad de F. D. Roosevelt, que al principio fue uno de los enemigos principales, si no el principal, para los ideólogos neoliberales, que así intenta presentar a la bestia negra de sus orígenes como un piadoso convencido de sus teorías económicas.

Que la frase de Thatcher es interesadamente ideológica, y falsa, que por ejemplo tiene un sentido diferente en cada contexto social, así que algo social tiene que haber, incluso que el men and women no suena igual hace cuarenta o cien años que ahora, y que, sobre todo, la categoría individuo es un concepto social, está fuera de discusión. Pero el caso es que se sigue intentando, por todos los medios, hacerla valer. Así por ejemplo en las facciones más extremas con la defensa de lo que se llama el pin parental, tan actual, que olvida la experiencia contrastada históricamente de la familia como tenebrosa madriguera, como célula desventurada de la sociedad, y a la vez como núcleo que nutre la voluntad de no comprometerse con el otro, con los otros, con la sociedad, como ya expresaba Th. W. Adorno en las páginas iniciales de su importante libro titulado Mínima moralia.

Pues aquí estamos, ahí nos tienen, dónde querían, atomizados y recluidos. Pero aquí resplandecemos, como potencia, como seña de rayo con la que nos iluminamos unos a otros. Al reducirnos a lo que querían hemos descubierto nuestra capacidad. Sobran los ejemplos colaborativos en estos días, da hasta pudor enumerar algunos como si no los tuviéramos presentes, como si pudieran ser totalizables o simplemente clasificables con algún nivel de exhaustividad. Así que cuando, como recomienda María José Aguilar en otra entrada de hoy, aprendamos a distinguir, necesariamente con las experiencias de estos días, el apoyo social espontáneo del altruismo, del voluntariado, de la solidaridad primaria, tal vez ya seremos muy difíciles de parar en el apoyo, en el terreno colaborativo, y en las urgentes reclamaciones que se nos hacen tan necesarias: la igualdad, la solidaridad y la justicia.

Y ya no esperamos que esas reclamaciones nos lleguen de ningún cielo. Ni de los cielos religiosos administrados por las estúpidamente dogmáticas castas sacerdotales, a la vista sigue estando, ni de los cielos económicos sanguinariamente gubernamentalizados por los terroristas acumuladores de capital: BCE, Reserva Federal, grandes consejos de administración, etc., o de alguna élite autoproclamada, todos ellos preferirían antes la destrucción del planeta que acabar con la pobreza sobre la tierra. Nuestras esperanzas tienen que estar fundamentadas en nuestro esfuerzo, en nuestra terrenalidad, en nuestras creaciones colaborativas, en nuestra capacidad para la alegría. Somos el alto banderín, el gallardete, de los cantos sólidos, de las canciones autofundamentadas, del canto autónomo.

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