Saltar al contenido principal
Campo ·
Gina Hinojosa, demócrata y de ascendencia latina

Las mujeres rurales cambian mayorías

  • ¿Qué lugar ocupan las mujeres rurales en las decisiones políticas y en las prioridades parlamenarias? ¿Están escuchándolas de verdad o se sigue invisibilizando una voz imprescindible para el futuro de nuestros pueblos?
  • Gina Hinojosa, la demócrata de ascendencia latina, la primera en gobernar Texas, uno de los bastiones conservadores. Hasta ahora.

Ana Cuevas

¿Y si una parte decisiva del futuro político de Estados Unidos se estuviera jugando lejos de las grandes ciudades, en comunidades rurales donde las mujeres tienen mucho más que decir de lo que tradicionalmente se les ha reconocido? En Texas, el voto de las mujeres rurales representa una realidad social y electoral que merece una mirada propia. Porque entender el voto rural femenino no es solo entender unas elecciones, sino comprender cómo está cambiando la sociedad estadounidense y quién tiene capacidad para decidir su rumbo.

En noviembre de 2024 escribí en este mismo medio de comunicación sobre «El silencio ensordecedor de las mujeres de la América rural». Donald Trump acababa de ganar las elecciones presidenciales y había conseguido ampliar su respaldo entre las mujeres, los trabajadores y, especialmente, entre el electorado de la América profunda. Con una gran campaña del visionario J.D. Vance. Me preguntaba entonces si las mujeres del campo estadounidense se sentían representadas por quienes decían defender la igualdad y si quienes aspiraban a dirigir el país se habían parado realmente a pensar en sus necesidades.

Dos años después, Estados Unidos ofrece una nueva fotografía política. Las Elecciones Legislativas del 3 de noviembre de 2026 han dado la vuelta a las mayorías del Congreso. Los demócratas han recuperado el control de la Cámara de Representantes y del Senado, arrebatando escaños a los republicanos incluso en territorios donde Trump había conseguido victorias contundentes en 2024.

Gina Hinojosa, la demócrata de ascendencia latina, la primera en gobernar Texas, uno de los bastiones conservadores. Hasta ahora.

El resultado es un mensaje político que merece ser analizado más allá de la disputa entre republicanos y demócratas. El electorado no es propiedad de ningún partido. Tampoco el rural. Y mucho menos el voto de las mujeres.

No podemos afirmar, sin los correspondientes datos desglosados, que hayan sido las mujeres rurales quienes han provocado este vuelco electoral. Pero sí podemos plantear una cuestión que sigue siendo incómoda para las organizaciones políticas, ¿cuánto tiempo puede ignorarse a una parte de la población antes de que sus demandas terminen teniendo consecuencias en las urnas? Y, desde luego, la incidencia del voto de las mujeres es capital en los comicios.

Las mujeres rurales estadounidenses eran las grandes olvidadas en el diseño de las políticas, las estrategias y las campañas electorales. Me llamó la atención entonces que buena parte de la conversación política sobre las mujeres estuviera protagonizada por celebridades, grandes figuras públicas y mujeres que habían alcanzado posiciones de enorme visibilidad. Mientras tanto, millones de mujeres trataban de abrirse camino en sus comunidades, sostener sus familias, trabajar y construir oportunidades allí donde las posibilidades eran mucho más limitadas.

Es importante visibilizar a quienes han roto techos de cristal, pero también recordar que hay muchos otros techos, menos visibles, que siguen condicionando la vida de las mujeres.

La América rural que votó a Trump en 2024 no era un territorio políticamente uniforme ni un conjunto de ciudadanos que hubieran dejado de tener aspiraciones. Era una sociedad con problemas, frustraciones, expectativas y una percepción de abandono que los demócratas no habían sabido interpretar suficientemente bien.

Ahora, en 2026, los resultados vuelven a demostrar que las lealtades electorales pueden cambiar. La economía, el coste de la vida, la sanidad y la percepción sobre la gestión del Gobierno han pesado en la decisión de los votantes. La cuestión es si los partidos sabrán escuchar lo que sucede más allá de sus propios mapas electorales.

De hecho ahora están de moda series en grandes plataformas rodadas en en ambiente rural. Ya no están tan de moda los escenarios de Sexo en Nueva York. Ahora se mira hacia Yellowstone, The Madison o Alcarrás, As bestas y demás realidades desarrolladas en los pueblos.

Los pueblos existen, aunque los partidos solo parezcan descubrirlos cuando necesitan sus votos.

Esta frase podría resumir buena parte de la reflexión que Antonio González Cabrera, médico rural, escribía en abril de 2015, durante el «reinado» de Cospedal, un artículo titulado precisamente «Los pueblos existen y ahora se acuerdan de ellos».

Antonio denunciaba entonces la utilización electoral del medio rural y la contradicción de quienes se acercaban a reivindicarlo durante las campañas después de haber contribuido, desde sus responsabilidades de gobierno, al deterioro de sus servicios esenciales. Su reflexión iba más allá de una crítica a una determinada gestión política, reclamaba que quienes viven en los pueblos merecen atención permanente, no solamente cuando llega el momento de votar.

Han pasado once años y aquella reflexión conserva toda su vigencia. Pero hay algo que  añadir y es que cuando hablamos de los pueblos, seguimos hablando demasiado poco de las mujeres rurales.

Porque el mundo rural no se sostiene únicamente con explotaciones agrarias, carreteras, negocios o estadísticas de población. Se sostiene también con mujeres que dan a luz, trabajan, emprenden, cuidan, organizan asociaciones, mantienen servicios, participan en la vida comunitaria y, en muchas ocasiones, hacen posible que una familia decida quedarse en un municipio pequeño.

Sin embargo, su contribución no siempre se traduce en reconocimiento económico, autonomía profesional o poder político.

La paradoja es evidente. Las mujeres son imprescindibles para frenar el despoblamiento, pero siguen teniendo dificultades para ocupar los espacios donde se decide cómo combatirlo.

Castilla-La Mancha tiene mucho que decir en este debate. Nuestra comunidad conoce bien las consecuencias de la pérdida de población, el envejecimiento y la masculinización de determinados territorios. También conoce el fenómeno de la emigración femenina, especialmente entre las jóvenes que se marchan para estudiar, trabajar o buscar oportunidades que no encuentran en sus municipios, con demasiados lugares de referencia hostiles.

Quienes permanecen o regresan no son simplemente habitantes que contribuyen a mantener vivo un pueblo. Al final, son agentes económicos, sociales y políticos. Su arraigo y su conocimiento del territorio las convierten en protagonistas de cualquier estrategia que pretenda garantizar el futuro del medio rural.

Y, sin embargo, la representación institucional todavía refleja una desigualdad importante.

El Informe de 2024 del Instituto de la Mujer de Castilla-La Mancha recoge que las mujeres ocupaban el 26,8 % de las alcaldías de la región, frente al 43,1 % de las concejalías. La diferencia es significativa, a medida que aumenta la responsabilidad y el poder asociado al cargo, disminuye la presencia femenina.

No basta, por tanto, con que las mujeres estén en las listas. Importa también que puedan encabezar candidaturas, gobernar, decidir presupuestos y participar en los órganos donde se determina el futuro de sus municipios.

La aprobación del Estatuto de las Mujeres Rurales de Castilla-La Mancha, mediante la Ley 6/2019, fue un reconocimiento institucional de esta realidad. La propia exposición de motivos identifica la falta de oportunidades laborales, la escasez de servicios y la insuficiente participación en los órganos de decisión como factores que agravan la desigualdad y favorecen la marcha de las mujeres hacia las ciudades.

Pero una ley no transforma por sí sola una realidad. Hace falta que sus principios se traduzcan en oportunidades concretas.

Organizaciones como FADEMUR, la Federación de Asociaciones de Mujeres Rurales, llevan años trabajando en esa dirección, creando redes, promoviendo el emprendimiento y ofreciendo espacios de participación y formación. Su papel demuestra que las mujeres rurales no han permanecido en silencio. Han construido sus propios espacios para hacerse escuchar.

Y aquí conviene volver a Estados Unidos.

Quizá uno de los errores de los partidos sea pensar que el voto rural se puede interpretar desde las categorías tradicionales de conservadores y progresistas, o que las mujeres de esos territorios responderán necesariamente a los mismos discursos que funcionan en las grandes ciudades.

Las mujeres rurales tienen sus propias prioridades, pero no constituyen un bloque electoral homogéneo. No todas piensan igual, no todas viven las mismas circunstancias y no todas tienen las mismas expectativas. Lo que sí comparten muchas de ellas es la experiencia de vivir en territorios donde la distancia a los servicios, el clasismo, las dificultades para encontrar empleo y la falta de oportunidades condicionan su autonomía.

No quieren necesariamente que otros hablen por ellas. Quieren que se las escuche y que se cuente con ellas.

La lección de las elecciones estadounidenses no es que las mujeres rurales hayan cambiado de partido, sino que ningún partido puede dar por descontada su confianza. El voto no es una recompensa por pronunciar discursos sobre el campo ni una obligación derivada del lugar donde se vive. Es una decisión libre que se construye también a partir de la experiencia cotidiana de cada ciudadano. Como la de la población de ascendencia latina en la América rural, que como nuestras antepasadas han trabajado el campo que no llevaba su nombre y han criado a sus hijos, como dice Aida Dos Santos en su libro Hijas del hormigón.

En Castilla-La Mancha deberíamos tomar nota. No podemos reivindicar a las mujeres rurales como solución al despoblamiento y después relegarlas a un segundo plano en la política municipal, en las organizaciones agrarias o en los espacios de poder.

Tampoco podemos acordarnos de ellas únicamente el 15 de octubre Día de las Mujeres Rurales, o durante las fiestas de los pueblos vestidas de reinas y damas o cuando toca presentar una estrategia contra la despoblación.

En 2015 Antonio González reclamaba que los representantes públicos se acordaran de los pueblos durante toda la legislatura.

En 2024 yo me preguntaba por qué las mujeres de la América rural parecían no tener un lugar en el relato político de quienes aspiraban a representarlas.

En 2026, las urnas estadounidenses vuelven a recordarnos que el electorado puede cambiar de opinión y que ningún territorio debe considerarse conquistado para siempre.

Quizá haya llegado el momento de dejar de hablar de las mujeres rurales como un colectivo al que hay que convencer y empezar a reconocerlas como lo que son, ciudadanas con voz propia, capacidad de decisión y poder para transformar sus comunidades.

Porque los pueblos existen todos los días. Y las mujeres que los mantienen vivos también.

Su voto cuenta y su ausencia de los espacios de decisión también debería preocuparnos.


Descubre más desde Albacete Cuenta

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

campaña, EEUU, elecciones, mujeres rurales, votos