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Cultura

¿Es Albacete la ciudad ideal?

Un tipo sencillo en el mejor lugar del mundo

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20 de febrero de 2014

Decía Robert Graves, un emigrante del que quizás hayas oído hablar, que de la unión del Aire y del Día nacieron la Madre Tierra, el Cielo y el Mar.

No era un tipo de Albacete. Era uno de esos emigrantes británicos de la costa balear que prefirió jubilarse en España. Invirtió buena parte de su vida hablando de mitos, del Mediterráneo, de raíces.

De la procedencia de las cosas y de las personas.

Por uno de esos azares de la vida, me subí al coche de un político de barrio; uno de esos superhéroes al estilo Kiko Veneno que quizás, quizás, sea candidato a la alcaldía de Albacete.

Hablamos de la calidad del aire, del mar que no tenemos (y el agua que pagaremos) y de cómo estamos tratando la tierra que habitamos, léase Albacete.

Nos pusimos los cinturones de seguridad y torcimos por el Paseo de la Libertad camino del Altozano, cedió el paso de manera correcta e incluso saludó con una sonrisa a varias personas, frenó en un semáforo en ámbar y me explicó las ventajas de vivir en una ciudad como Albacete, donde no hace falta correr, “por mucho que corras, tampoco vas a ganar demasiado tiempo”.

Luego nos encaminamos hacia el centro y empezó a hablarme del desarrollo de un pleno municipal, donde un partido sin recato había defendido sus intereses de partido por encima de los intereses de la provincia. “¿Acaso no se dan cuenta de que están vendiendo su futuro? Deberían saber, si no lo saben ya, que todo el mundo está en contra, empresarios, sindicatos. Hasta alcaldes de su propio partido”.

Me contó cosas del colegio de sus hijos, del instituto de sus hijas, del mejor sitio para tomar café o el mejor bar para almorzar.

Albacete, un sitio tranquilo. Pero mira, mira en la esquina –me dijo.

Dos personas rebuscando en un contenedor mientras otras dos se gritan airadas por culpa de un ceda el paso. En Dionisio Guardiola, casi enfrente de Correos. A escasos metros del lugar donde diez o quince familias esperan con carritos vacíos; aguardan a que las monjas de un colegio completen su cesta de la compra.

Casi sin querer, caí en la cuenta del tiempo que falta para las elecciones municipales, las posibilidades que puede tener él como persona, como partido o como institución, si se diera el caso.

Sé que el voto es algo tan personal que solemos debatir, discutir y negarnos a nosotros mismos. Sé que dentro de poco, miles de personas decidirán a quién, cómo y dónde colocarán su voto o su no voto; porque la opción de no votar crece a la misma velocidad que el desencanto y la crisis.

Bajé del coche, me encaminé a casa desde la esquina de Simago (hasta que pongan otro centro comercial seguirá llamándose así), y pensé que no me había prometido nada, ni me dio un mechero, una pegatina o un calendario. No me ofreció una hoja de afiliación, ¡ni siquiera me insinuó que lo siguiera en Twitter!

No me dijo que lo votara.

Tampoco me dijo que leer a Robert Graves me haría más listo, alto o guapo.

Sólo es un tipo que se preocupa por el sitio donde vive, un sitio tranquilo. Dicen que uno de los mejores de España para vivir.

Un tipo de gustos sencillos que podría ser yo.

Podrías ser tú.

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