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Opinión

Año 2008

Año 1 de la política a través de las redes sociales

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11 de mayo de 2015

El maestro de ceremonias, un congresista que ha logrado la nominación demócrata contra la todopoderosa Hillary Clinton. A su lado, un ejército de nuevos evangelistas de las redes sociales empeñados en aplicar su saber a la ciencia política. Con ellos, Obama ha torcido el estado natural de las cosas. A saber. Los grandes donantes del partido, el establishment de la Costa Este, estaba con Hillary. Pero de nada sirve el apoyo del viejo y poderoso aparato contra la emergencia de un fenómeno que se extiende de forma viral.

Mil donantes a 10.000  por barba suman 10 millones. Quinientos mil donantes a 100 por barba suman 50 millones. Nada que hacer contra el nuevo credo viral, de ilimitadas posibilidades políticas.

Fascinado como estaba por el fenómeno, me abrí la cuenta en Facebook aquel año. Y convencí de lo mismo a un puñado de colegas que hoy son notorios activistas de las redes sociales, que utilizan como complemento indispensable de su actividad parlamentaria. No daré nombres, pero alguno roza la adicción.

Han pasado siete años. Y el impacto revolucionario de aquel fenómeno se va amortizando. Cada vez cuesta más sorprender. La mayoría de mis amigos y contactos en Facebook -yo incluido- sucumbimos a la tentación de colgar y retuitear argumentarios y vídeos prefabricados, ya sea por pereza a la hora de escribir contenidos propios o porque el vídeo o artículo en cuestión nos parece digno de ser viralizado.

En sí, esta práctica no es ni mala ni buena. Pero tiene dos efectos perniciosos. El primero, que la calidad se desploma. Las redes sociales, en términos políticos, deberían servir para difundir mensajes propios, y no contenidos panfletarios para ridiculizar al adversario. Y eso, lo de escribir los propios pensamientos, o da pereza o pudor, no vaya a ser que muchos se enteren de que cometemos faltas de ortografía o que, simplemente, no tenemos más ideas que las que nos llegan a través de los argumentarios del partido. Del que sea.

El segundo, y mucho más grave, que trivializa el mensaje hasta hacer de las redes sociales poco más que una “corrala” para chismes y vídeos cargados de efectos especiales, sin nulo contenido político y sólo aptos para los leales.

Es como un mitin al que sólo concurren los convencidos.

Algo así es nuestro muro de Facebook.

La mayoría de nosotros convive con sus amigos digitales, que en términos políticos son, básicamente, compañeros de partido, con contadas excepciones. A ellos, a los que ven mi muro, les llega el vídeo los recortes de Cospedal, convenientemente editado por algún experto en montaje para ridiculizar sus palabras. Y entonces mi sonrisa se congela cuando, imagino lo mismo, pero a la inversa, entre los muros de la derecha, donde cada cual socializa con los suyos, excepto en el momento en que algún masoquista se viste de troll.

La peor consecuencia de esta banalización digital, es que unos y otros nos convencemos de que el mundo real es el que vemos en ese muro.

Y entonces llega la frustración de las urnas.

No entendemos cómo a la vista pública de la panoplia de corruptelas, recortes salvajes y atentados humanitarios a causa de los tajos en la dependencia, todavía las encuestas sitúen al PP al borde de la mayoría en ciudades y regiones. Todo un catálogo de hechos convenientemente viralizados en videos perfectamente editados, no sirven para convencer a la masa de votantes, que se presentan a nuestros ojos como un ejército de masoquistas sufridores de recortes y desigualdad.

Yo lo llamo la ilusión social. Facebook y Twitter están construyendo comunidades de pensamiento segregado, barracones de reflexión enlatada, en el que unos y otros nos atacamos con contenidos panfletarios, y argumentarios faltos de sustancia. La perfecta expresión de la vulgarización del conocimiento, de la carencia de sustrato ideológico y la solvencia intelectual para hacer lo que siempre se hizo en la política tradicional.

Convencer. Algo que no se consigue con 140 caracteres.

Y los que son dignos de convencer no están en mi muro de amigotes del Facebook. A esos no los voy a impresionar con otro vídeo bufonesco de las andanzas de Bárcenas y compañía, o con una lacónica petición de ayuda de una víctima de los recortes en sanidad o educación. A esos se les convence con la palabra, con ideas originales, con reflexiones de cosecha propia, a veces politicamente incorrectas, y con la asunción de los errores que pudimos cometer y de los que hemos aprendido para volver a merecer su voto.

Son los que no viven en mi muro, ni en el de un activista del PP. Son los que viven más allá de este universo de repetitivas reverberaciones virales de vídeos más o menos simpáticos y ocurrentes que sólo visualizamos los que ya estamos convencidos. Son los que no se dejan seducir por argumentarios prefabricados, sino por la credibilidad que les ofrece alguien capaz de mostrarse como cualquier mortal, con sus virtudes y sus defectos.

Son ese 30 % que no se levanta pensando en las perrerías políticas de la Cospedal y Bárcenas o en los ERES de Andalucía. Son los que llenan sus muros, si los tienen, con fotos de su escapada a La Manga este fin de semana, citas de Paulo Coelho o la última ruta de la Peña ciclista de la que forman parte.

Me jode llamarla así, pero es que realmente existe. Son esa mayoría silenciosa, inmune al ruido panfletario de los militantes y los activistas, que simplemente quieren un gobierno decente y que no se llene la boca con proclamas vacías.

Viven más allá de mi muro y no tienen, ni tendrán, la conciencia política desaforada que yo tengo.

Pero son los que van a decidir el futuro gobierno de Castilla-La Mancha.

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